Articles by Roja

Todo lo que quieras saber de mi está en mi cuerpo, y te lo regalo si me lo pides.

La historia es simple: empezó por el final. Y así que hizo una mueca antes de escurrirse por el pasillo, volverse a parar detrás de mi y jalonearme de las trenzas para darme un beso de despedida. Me gustaba en particular ese tacto duro de sus manos, los dedos torpes, rasposos, inexpertos pero desbordantes de ganas; me gustaba sentirlo experimentar.

A veces creo que olvidaba que mi calor era de mujer, simplemente se resignaba a seguir con alguna de sus muñecas de plástico y cuando le daban ganas me tomaba entre sus piernas para juguetear. Hace apenas dos meses que dijo adiós y luego regresó a la madrugada siguiente y se adentró en la casa con su llave, la depositó en el jarrón y sentí su respirar cuando se desnudaba para meterse en la cama, acostumbrado a ese misterio de ser señor, me tapó la boca con una mano y con la otra hurgó por debajo de la sábana, cabrón, si sabes que duermo desnuda, y su dedo en mi humedad me hizo gemir de tanto placer como antes, como cuando todavía era mi maestro, su alumna inexperta y tonta lamiéndole los muslos para escucharlo retorcerse de placer.

Me gustó venirme otra vez en la oscuridad de sus noches, de su panza en mi espalda, de su sexo agitándose dentro de mi y saliéndose rápido para llenarme la boca de néctar de luna. Me lo trago, bostezo, tomo agua, vocifero mi odio, y se largó otra vez.

Ya se le hizo costumbre al diablo cogerme por detrás, escribí al día siguiente en mi querido diario, ahora aumentan los gastos del mes, la despensa de siempre con un par de líneas que me di a la tarea de agregar:

- Lubricante
- Condones
- Curitas para remendar un corazón.

¡No pierda de vista la mano izquierda del campeón! Apagué la tele sabiendo que los pasos necios en la escalera eran los de él. El campeón. El cabrón. Asestó una patada en la puerta y la abrió para emerger de las sombras con la misma cara de hijo de puta de siempre, la mochila de viaje colgando del hombro y el cinturón de campeón del mundo en la mano izquierda, brilloso, apantallante. No dudó mucho en azotar ambos objetos en el sillón de la entrada, se miró al espejo de refilón y gimió mientras se acarició el pómulo roto que le dejó el bofes en la pelea de hace un par de horas. Yo ya me he acostumbrado al sexo golpeado, al amor apache, así que me bañé desde antes que me lo pidiera y luego me puse en cuatro sobre la cama. Allí se dejó venir, como siempre, con ese miembro ardiente que suele depositar en el agujero equivocado, y yo esperando el primer trancazo en la espalda y el jalón de pelo hacia atrás mientras me cabalga como siempre. Yo esperando todo lo de siempre, si. Él sorbió el vaso de vino sin notar el polvito blanco que se deshacía debajo, burbujeante. Esta pelea la iba a ganar yo…