Articles by Raúl V. Ortiz

Nunca escritor, más bien un simple intento de Lector y Narrador de Pacotilla. Remedo de Reportero policiaco y Comprador compulsivo.

Hablaban en voz baja frente al cuerpo de su amigo, el mismo que dio su último suspiro dentro de los fierros retorcidos de un auto. Siempre pensaron que su muerte fue de manera por demás estúpida.

Aquella noche, totalmente alcoholizados, el conductor del vehículo compacto golpeó por alcance a un taxi y le rompió una calavera. Trataron de huir, esquivaron varios rojos del semáforo hasta que se encontraron con alguien igual de briago que ellos al volante y a toda velocidad en una camioneta.

Él, que viajaba en el asiento trasero, no resistió las heridas, y las múltiples fracturas le arrancaron la vida en el trayecto al hospital.

- Es que no es lo mismo. La última vez que fui a un funeral, el que estaba en una caja era mi abuelo. Murió de causas naturales. En esa ocasión sólo abracé muy fuerte a mi abuela, no había necesidad de decirle nada. Ahora qué le digo a los familiares.

- Es fácil, diles que te sientes mal, que estás con ellos en todo lo que se les ofrezca y que tengan pronta resignación.

- No me salen las palabras, ve tú primero, yo te sigo.

Se quedó frente al ataud, le echó una última mirada al cadáver y cuando estaba a punto de decirle unas palabras, vio al compañero salir corriendo del lugar, seguido de una turba enfurecida.

Dos días después se encontraron, aquel que salió huyendo por supuesto no fue al velorio y al verse las preguntas no se hicieron esperar.

- ¿Qué les dijiste?

- Me puse tan nervioso que lo único que salió de mi boca fue “Muchos días de estos”.

Esa tarde, después del funeral me ofrecí a llevarla a casa. En el camino, ella con la mirada perdida sollozaba por la pérdida de Carlos, su esposo, situación que me hizo sentir una sensación extraña, deseaba poseerla justo en ese momento.

Nunca he sido bueno para dar el pésame, así que sólo acaricié su cabello, sequé las lágrimas de sus mejillas y la tomé de la barbilla, acariciándole el rostro, gesto que agradeció con una leve sonrisa.

Al llegar a su casa, la acompañé hasta la puerta y con la excusa de utilizar el baño logré colarme, mientras ella se quitaba el grueso abrigo negro y se derrumbaba sobre el sillón vuelta un mar de llanto.

Me acerqué a ella despacito y la abracé. Su cabello olía tan bien que ya no lo pude resistir. Empecé a acariciar suavemente sus hombros y besé su frente. Cuando me miró con el rostro lleno de lágrimas no pude evitar besarla, extrañamente ella correspondió a mis caricias.

Besé su cuello y sentí como sus uñas se clavaban en mi espalda, así que metí la mano bajo su falda y logré quitarle la ropa interior.

Ni siquiera nos quitamos la ropa, ella con la falda arriba de la cintura se columpiaba sobre mi pelvis, mientras gemía de placer y a la vez seguía llorando por la pérdida del ser amado, quizá el sentimiento de culpa no la abandonaba del todo, pero nunca opuso resistencia.

Luego de pocos minutos, sentí cómo terminaba, mientras en su orgasmo gritaba ¡Así Carlos! Lo menos que pude haber hecho fue molestarme, le había dado a la viuda unos minutos de placer, además de revivir a su esposo al menos por unos momentos.

I know it’s the last day on earth

We’ll never say good bye

La tierra se cimbraba ante las detonaciones. Las líneas telefónicas se saturaron. Las iglesias a reventar y los saqueos estaban a la orden del día. Las palabras “Te amo” y “perdóname”, se convirtieron en las más sonadas durante esos instantes en que el mundo se derretía.

Se veían las caras de angustia desfilar por las calles y los gritos desgarradores de algunas mujeres que caían llorando ante los cuerpos despedazados y en putrefacción de sus maridos. Los mismos que en vano intentaron detener a las mortíferas máquinas de guerra, días antes cuando el conflicto comenzó.

Soportaron apenas unos minutos y cuando el dominio de los armatostes se vio reflejado, fue necesario iniciar el éxodo inútil, sólo para encontrar un refugio que alargara los pocos segundos que quedaban de vida.

Apenas vi el desfile, pensé inmediatamente en ti, cuando prometiste aquella noche en el mirador, que estaríamos juntos hasta el último día de nuestras vidas…

Una mujer caminaba arrastrando el cuerpo de su esposo, aferrada a una pierna, lo jaloneaba mientras imploraba perdón y rogaba a una entidad inexistente que se manifestara y terminara con la masacre. Otros se quejaban del mal gobierno, de la nula democracia y de que los ejércitos de su país no actuaban como se esperaba.

Sentado frente a casa, con un rifle viejo para espantar a los que intentaban robar mis pertenencias, vi a tu familia pasar. Lloraban amargamente mientras tú me lanzabas una mirada que no supe definir si fue de dolor, auxilio o adiós…

Me importa un carajo si tu mundo se termina, el mío ya estaba muerto desde que partiste…

Salió desconcertado de la cárcel y tras preguntar sobre sus benefactores nadie supo darle respuesta. Recogió su sombrero, la hebilla y el cinturón. Las botas, al no tener agujetas se las dejaron a reserva y temor de que pateara a alguien. Cosa que no sucedió pues compartió la celda con un borrachín que se pasó dormido toda la noche.

La pistola por supuesto le fue confiscada y antes de que fuera trasladado a la Federal de Investigación, alguien pagó su fianza.Salió de la delegación y tras caminar dos cuadras sin rumbo fijo, una camioneta Escalade blanca, sin placas y vidrios polarizados lo interceptó.

-¡Hey you freaking Cowboy Mouse, get in the truck right now! Apenas escuchó las palabras y echó mano la cintura. Estaba desarmado.

-¡Con una chingada, que te subas cabrón! No vamos a estar batallando contigo.

Adentro de la misma, un hombre joven, con gafas oscuras, cabello corto casi al ras y la piel asoleada, cacariza por el acné juvenil le extendió una tarjeta que tenía impresa la última letra del alfabeto.

-Como yo veo las cosas, me debes un favor. Necesito que me eches la mano con unos vagos que se están metiendo en mis negocios -fueron las palabras del hombre que puso en sus manos un sobre.

-Adentro viene lo que necesitas, en una semana me comunico contigo. Bajó de la troca y abrió el sobre, en él encontró instrucciones, llaves y un celular.

-No te vayas sin juguete -dijo mientras le entregaba por la ventana una funda muy pesada.

-Now, where i’ll find that Chocolate King? -se dijo el roedor contrariado, mientras cargaba un AK47 en la cabina de una Avalanche blindada, que lo esperaba en el estacionamiento de un centro comercial.

Aquel sujeto enorme y barbado, con características diferentes a las de los hombres, entró molesto a la cantina “El Olimpo”. Se sentó la barra y con un grito se dirigió al cantinero.

-¡Con una chingada Baco!, tus pinches clientes me tienen hasta la madre, uno de tus parroquianos acaba de guacarearme el taxi.

Sereno y con la nariz muy roja, como de payasito pedote, el hombre gordo con un mandil lleno de todo tipo de manchas de aderezos, dirigió la mirada aquel ser imponente y con voz entrecortada y balbuceante le dijo:

-Mira Zeus, la culpa es tuya por hacer encabronar al jefe mayor, te metiste con su vieja y eso de disfrazarse de efebo fue la jalada más grande que se te pudo haber ocurrido.

-Ya ni me digas, en la choza esa donde vivo ahora, y a la que los hombres llaman casa, las cosas están de la chingada. Juno ahora que es asesora de imagen, lleva cada mamita que… Con decirte que ya me sentenciaron. Si me atrevo a seducir a una de ellas, me van a mandar a un lugar peor que el Hades llamado Ciudad Neza. El pendejo de Prometeo se compró un aparato que llaman celular que hace un ruido infernal a cada rato y se la pasa visitando a los hombres, yo creo que se los está abrochando, ¿eso es lo que hacen los abogados no? ¡Ya estoy harto de esta maldita situación! Pinches humanos, son la peor peste que pudo haber habitado el universo.

Te dejo que al parecer ya me salió una carrera…

El ser aquel abandonó el lugar con la amenaza de volver más tarde, mientras el cantinero anunciaba con una voz ronca y alegre a los presentes:

-¡Ora cabrones, Ya empezó la hora feliz!

Confundido por el remitente, aquel hombre con las manos temblorosas abrió la carta y tras ponerse los anteojos para leer, miró la perfecta caligrafía y en voz alta recitó:

Estimado señor Sarmiento:

El motivo de esta misiva es para hacerle una atenta invitación para que se una al sindicato de personajes ilustres mexicanos.

Su participación es completamente necesaria pues las compañías editoriales están haciendo reajustes con nuestros personajes, y el de usted, es tan importante por el hecho de haber sido el primero que nació en la literatura mexicana, y porque gracias a usted se abrieron las puertas para muchos de nuestros compañeros hacia el mundo de los lectores.

A continuación le mando una lista de los personajes que se han unido a esta causa para combatir la tiranía de las editoriales.

Lucas Lucatero

El Pantera

Miguel Páramo

El Zarco

La familia Burrón

Memín Pinguín

La Malinche

Este es apenas el inicio de algo grande señor Sarmiento, el que acepte usted su misión como personaje ilustre, nos llevará a la victoria y lograremos que los niños recuerden a sus héroes mexicanos y se olviden de Harry Potter’s y de la literatura irreal y poco productiva.

Le Mando un afectuoso abrazo y esperamos su pronta integración.

Atte: Sindicato de Personajes Ilustres Mexicanos.

Periquillo arrugó la hoja de papel, la tiró a la basura y dijo a su esposa: -Si me uno a estos pinches locos, ¿luego qué van a leer nuestros hijos?- Dijo mientras se rascaba afanosamente el cuello y la cabeza.

¡Jules! …

¡Jules! La cuerda de la guitarra se volvió a reventar, ven a repararla al instante.

Ya estoy harto de tanto pinche instrumento, pero juro que me voy a deshacer de todos uno por uno, si pude con las percusiones, que no pueda con los demás.

¿Y tú qué haces aquí muchacho? te he dicho un millón de veces que no vengas a interrumpirme mientras estoy trabajando.

- ¿Oiga señor, usted tiene elefantes allí adentro?

¡Qué elefantes,  lárguese de aquí chamaco travieso, no ande de fisgón, ya váyase a su casa a ponerle gorro a sus papás!

-¿Entonces son delfines verdad? Yo sé que tiene allí animales porque toda la tarde se escuchan ruidos extraño y ¡ahh qué bonita guitarra señor! mi abuelito tenía una igual y decía que si tocabas la melodía exacta podías viajar en el tiempo. El estuvo en África y fue testigo de cómo se inventaron los bongós.

Sácate de aquí mocoso, vete a inventar mentiras a otro lado, tu abuelo está en un geriátrico y no sabe ya lo que dice.

-¿La puedo tocar?

¡Toiinggg!

¡Con un carajo te dije que te largaras de aquí chamaco travieso! Eso me saco por dejar entrar a mi laboratorio a escuincles chismosos y metiches.

¡Jules!

Jules, traete dos cuerdas nuevas y prende la fonola que vamos a ensayar de nuevo. Necesitamos viajar al 1500 antes de Cristo para evitar que inventen la maldita guitarra, ya me cansé de arreglarle las pinches cuerdas.

Los pequeños veían con temor su cara desfigurada, el babear constante y la dificultad al hablar. Asustados corrían a los brazos de sus madres, a pesar de que el desconocido les ofrecía bastones de caramelo.

Una semana antes, Armando caminaba entre las calles abarrotadas del Centro. Vociferaba y maldecía por los “morosos” que dejaban las compras para el último momento. La razón de su visita; conseguir un obsequio para el intercambio de la oficina. Visitaba los bazares de oferta para encontrarlo. No estaba dispuesto a pagar un peso de más al límite de la cantidad acordada por los participantes.

Cuando la vio junto al mostrador, sintió ese calor ruborizante, culpó a la calefacción del lugar, y optó por quitarse la chamarra y la bufanda. Se abrió paso como pudo entre la gente y se acercó a la hermosa dependiente que mostraba los bolígrafos. -Muéstrame las plumas, preciosa- arrancó una sonrisa de la mujer, y al probar la tinta sobre papel, entre flirteos y halagos, le rogó que apuntara su número.

¡Vaya triunfo! después de tantos años tendría su “nochebuena”. Pagó por las plumas 49.90 y se negó a colaborar con el redondeo. A pesar de que intentaba salir de la tienda entre empujones, ya su sonrisa no sería borrada por nada. Al límite de la puerta con la mirada al cielo prometió que a partir de esa Navidad, nada lo molestaría y sería el más bondadoso del planeta. -¡Gracias Dios, por darme lo que merezco!- exclamó en voz alta mientras cruzaba la salida y sintió cómo un golpe de aire le calaba en el ojo izquierdo. Más tarde, un doctor, le diagnósticaba parálisis facial.