Hablaban en voz baja frente al cuerpo de su amigo, el mismo que dio su último suspiro dentro de los fierros retorcidos de un auto. Siempre pensaron que su muerte fue de manera por demás estúpida.
Aquella noche, totalmente alcoholizados, el conductor del vehículo compacto golpeó por alcance a un taxi y le rompió una calavera. Trataron de huir, esquivaron varios rojos del semáforo hasta que se encontraron con alguien igual de briago que ellos al volante y a toda velocidad en una camioneta.
Él, que viajaba en el asiento trasero, no resistió las heridas, y las múltiples fracturas le arrancaron la vida en el trayecto al hospital.
- Es que no es lo mismo. La última vez que fui a un funeral, el que estaba en una caja era mi abuelo. Murió de causas naturales. En esa ocasión sólo abracé muy fuerte a mi abuela, no había necesidad de decirle nada. Ahora qué le digo a los familiares.
- Es fácil, diles que te sientes mal, que estás con ellos en todo lo que se les ofrezca y que tengan pronta resignación.
- No me salen las palabras, ve tú primero, yo te sigo.
Se quedó frente al ataud, le echó una última mirada al cadáver y cuando estaba a punto de decirle unas palabras, vio al compañero salir corriendo del lugar, seguido de una turba enfurecida.
Dos días después se encontraron, aquel que salió huyendo por supuesto no fue al velorio y al verse las preguntas no se hicieron esperar.
- ¿Qué les dijiste?
- Me puse tan nervioso que lo único que salió de mi boca fue “Muchos días de estos”.

