La veo a mi lado y respiro su aire, su delicioso olor, la serenidad cuando cierra sus ojos y el mundo entero cuando los abre, el alma que me esconde pero que me da paz si me deja pasar; aun recuerdo cuando pregunté su nombre, Atina, me dijo, y yo en mi mayor ignorancia ¡Cómo la ciudad griega! Sí, como esa, respondió.
Hay algo más allí, no me dejas saber qué es.
Tantas veces que asistí al yoga buscando serenidad y ni allí te pude encontrar, sólo banalidades jugando a la profundidad.
La vez que la vi, por primera vez, no sentí deseo en mi piel, no jugué con picardía, no puse a prueba la seducción, sólo sentí armonía y la seguridad de poder descansar, mi pulso disminuyó, ya no había necesidad, necesidad de nada; podía morir al instante sin sentir que lo iba a hacer.
Ojos de experiencia, de ecuanimidad, de sosiego… remanso es lo que encuentro cerca de ella, he cambiado lo sé, ¿Se podía? No lo que se piensa sino lo que se siente, lo que se creía era necesario, imperioso. Ya no me asalta la curiosidad de ver más allá de las paredes ajenas, no más nerviosismo en busca del placer.
A su lado desempolvo recuerdos, cuentos de mi infancia, vuelvo a aquel estado de protección total, de confianza, vuelvo a creer en trenes mágicos, en ángeles, veo magia donde antes no había, sueño, he vuelto a soñar, creo que ese es el mayor cambio.
No se cómo lo hace, por primera vez no ha habido piel de por medio, ni sudor, ni drama, sólo una taza de café y una larga conversación como hacía muchos años no tenía.

