Se conocieron.
Ella se enamoró de él.
Él de ella.
Ella sólo cogía en la regadera porque la lluvia era lo único que le excitaba.
Él detestaba la idea de la regadera, el sexo sólo lo concebía en lugares abiertos.
Para salvar el amor que se tenían, y con el ánimo por fin poder hacer el amor y dejarse de frustraciones se mudaron al campo en una región donde llovía todo el año.
Entraron a la casa, dejaron las cajas, comenzó a llover, se quitaron la ropa y corrieron a los prados verdes, a coger por primera vez como siempre lo habían deseado, así de simple, así de llano.
Se lanzaron al suelo, fue inmediato, no habían respirado dos veces cuando ella ya lo montaba, rauda y veloz, intensa, intenso, ella por fin sentía la lluvia en su espalda y él volteaba a los lados, al ras del pasto, su mirada se perdía en horizontes, en infinitos de placer.
Sentían su piel estremecerse, sus miradas brillaban mientras el jadeo incrementaba, en un respiro sincronizado por fuerzas celestiales se dijeron “te amo” al mismo tiempo; se les erizó la piel de la cabeza a los pies.
Entonces les cayó el rayo.

