A lo largo de mis años, nunca quise asistir a un funeral. Casi siempre fue por indiferencia, por no jugar al hipócrita con los allegados de un difunto cuyo deceso simplemente me tenía sin cuidado. Sin embargo, también hubo otros casos, muy pocos, en los cuales el dolor de perder a seres muy amados me hizo encerrarme en mi mismo. Nadie podría entender la magnitud de las penas que me embargaron entonces, y yo no tenía por qué explicarlo a nadie.
Pero, sin reparar nunca en ello, había un funeral al que no podría faltar de ninguna manera: el mío propio. Había escuchado historias acerca de personas que veían su propio funeral, lleno de parientes y amigos llorando, algunos más sinceros que otros. En contraste, mi sepelio fue poco concurrido. Caminé entre las personas, atento a escuchar sus conversaciones (ni muerto podía quitarme lo chismoso)
- ¡Este señor! Me cuentan que nunca asistió a ningún funeral en su vida. ¡Vaya insensible!
- Ya ve usted como lo paga. Ha venido muy poca gente a velarlo. Ni siquiera he visto a sus hijos. ¡Igualitos a su padre!
Sonreí y pensé que no podría estar mas de acuerdo con la doña. Dejé el chisme y me dirigí a disfrutar de aquellos cuya compañía era la más importante y que, como yo en ocasiones anteriores, decidieron guardarse de recibir condolencias.

