Preparándome para meterme a bañar, noto que hay un escarabajo en el piso donde está la regadera. Qué dilema. Me da demasiado asco como para quitarlo de ahí con mi mano, pero tampoco me animo a matarlo. Debo hallar una solución. Tengo una cita con Laura y debo estar aseado, pero no puedo hacerlo si hay un bicho ahí. Me vomitaría.
Observo. Veo que hay un hoyo en la coladera. Seguramente el escarabajo vino de ahí. Debo pensar cómo regresarlo, pero sin tocarlo. Busco algún objeto con el cual pueda enviar a ese bicho por la coladera. Buscando a mí alrededor veo una bandeja roja en el lavabo. Tengo una idea.
Tomo la bandeja y comienzo a llenarla con agua. Mi plan es que al arrojársela al bicho, éste se vaya por la coladera. Es un plan perfecto. Ni le hago daño ni tengo qué tocarlo. Soy un genio.
Al llenar la bandeja roja, me preparo mentalmente para lanzársela al escarabajo. Debo hacerlo con suficiente fuerza para que el bicho se vaya por el hoyo. Me decido a hacerlo, tomo impulso y arrojo el agua.
El escarabajo es revolcado por el agua, de manera que queda colocado boca arriba. Ni siquiera se acercó al agujero de la coladera. El bichejo intenta reincorporarse, pero el piso mojado no se lo permite. Lo intenta con una desesperación francamente angustiante. Sólo se escucha el fuerte golpetear de su caparazón en el azulejo.
Creo que la cagué. Para sanar mi error, pienso que es mejor empujar al bicho con la misma bandeja en lugar de arrojarle agua. Acerco la bandeja al bicho intentando empujarle. Sin embargo, cuando estoy a punto de tocarlo, me resbalo y aplasto al bicho con mi codo.
Creo que cancelaré mi cita con Laura.

