Articles by tlalocman

Aprendiz de escritor, blogger desenfadado y (al momento) procrastinador de tiempo completo.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano…

Me causaba mucha gracia su apellido, desde la primaria no cansábamos de burlarnos de él; en cambio, su actitud era serena, siempre orgulloso de su apellido altivo se crecía con los insultos. Era hijo de un tipo que había inventado un tipo de pegamiento industrial y vivían bien de la patente.

Curiosamente nos encontramos en la universidad como compañeros de carrera, el seguía siendo el mismo, por su carácter no tenía amigos… curiosamente yo terminé siéndolo. Esa soledad de entonces parecía arrastrarla desde hace mucho, incluso ni siquiera me hablaba bien de sus padres, a quienes dejaría justo al terminar sus estudios. Parecía que les guardaba rencor.

Yo me fui a vivir a Reynosa por cuestiones de trabajo y perdí contacto con él. Como dije, pasaron varios años hasta que un día él me buscó saliendo de la oficina. Quería cruzar la frontera y quería que lo alojara unos días en mi casa, estaba huyendo de la policía pero nunca me dijo por qué, pero lo sospeché la razón cuando, al preguntarle por sus padres, su rostro se puso blanco.

Un día después de que salió de mi casa, llegaron unos policías preguntando por él, llevaba seis meses de prófugo por doble homicidio. Yo me hice el desentendido y creo que les costó trabajo aceptarlo, sobre todo cuando les dije que tenía mucho tiempo sin tener razón de él.

Tres años después me llegó un mail de Arturo, en el cual decía que tenía que verme en la Central Camionera para agradecerme mi “discreción en ese difícil momento”. Llegué a tiempo, me senté donde él había indicado y tomé el sobre que me había debajo del asiento (medio millón y postales de Zúrich). Esperaba abrazarlo por última vez… pero no encontré a nadie.

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Gerson Obrajero

Fue en este mismo aeropuerto, hace tres años que pasó el asunto de la maleta y se la conté a mi amigo Panchito, que esta vez vino a recogerme:
- ¿Y cuándo te diste cuenta que no era tu maleta, pinche Samuel?
- No me había dado cuenta que aquella maleta no tenía el candado que le había comprado, de hecho no tenía uno. Por eso, cuando agarré la maleta, de ella se salieron las cosas, algunas desconcertantes: unas flores secas en ramo, un encendedor, un oso de peluche y una sotana. Yo tenía que saber de quién era la maleta para encontrar la mía. Así que en un rincón me puse a esculcar el contenido. Encontré un pasaporte; pero estaba sin nombre y con la foto arrancada.
-¿Fuiste con los de la aerolínea? Quizá ellos podrían localizar…
-Lo iba a hacer cuando veo en el peluche una abertura, de ella salía un polvo grisáceo, y logré ver plástico, eran pequeñas bolsas que llevaban coca.
-Y lo llevaste a la policía…
-Si lo hacía, me hubieran creído un narco. Empecé a guardar las cosas, entre ellas vi un encendedor de plata rotulado… al menos eso me dijo quién era.
-¿Qué chingados decía? ¿De quien era ese encendedor?
- La frase decía “Güero”. Entonces sentí el cañón de una fusca a ladito de la oreja. Era un tal Bruno “Güero” Quintana, que decía mientras me incorporaba: “Un cigarro por cada muerto”. Entonces sonó un disparo, el cabrón cae a mis pies mientras dos PFP van sobre de él. Tardé seis meses en recuperar mi maleta, “que porque era evidencia” decían los polis.
-Qué raro que tuviera una sotana, creí que era cura.
-Cuando me dieron mis cosas, uno de los agentes me dijo más o menos cómo estuvo el pedo: Este wey era asesino contratado por narcos, vino aquí porque se había muerto su madre. El pendejo guardó flores en el equipaje, mismas que se secaron. Suplantaría al cura a cambio de unas cuantas dosis escondidas en el relleno del oso, que tenía plomo en polvo para no ser visto por los rayos x.
A partir de eso, decidí pegar un chingo de estampitas a la maleta.

El calor es intenso y la humedad abundante en el estadio Maracaná; sin embargo, los más de 200,000 espectadores seguían con pasión, euforia, incesantes gritos y cánticos las acciones de la serie de penales, en la final del Mundial del 2014: Brasil estaba una vez más en la final, en contra de la sorpresa del torneo: México.

Brasil había pasado sin problemas la fase de grupo, había masacrado a sus rivales con goleadas históricas, como aquella de siete dianas con la que humilló a la defensa italiana, o esos cuatro goles que Pato anotó a Togo para instalarse en la final e igualar el récord de su ídolo Ronaldo.

Por su parte, México había contratado a Fabio Capello, ganador indiscutible de torneros europeos. Su “proceso” fue criticado por el anterior técnico Hugo Sánchez, que no lo dejó de atacar, a pesar de la terrible actuación verde en el mundial de Sudáfrica. Asimismo, los medios criticaron la “poca vocación ofensiva” que mostraba el tricolor. Con la fortuna de un autogol se rompe la maldición de los octavos de final, en los cuartos pasan directo (Inglaterra es eliminada por el doping de Walcott) y en la semifinal todo se decide con un tiro libre de Dos Santos frente a EEUU.

Ochoa detiene el quinto penalti a Anderson. Todo Brasil tiene miedo que ocurra una tragedia como en 1950. Guardado dispara engañando al portero, el balón da en el poste pero de inmediato se incrusta en la red. Sólo mil mexicanos festejaban ante la locura de los brasileños… se podían escuchar alaridos en todo Río de Janeiro.

En el festejo mexicano, a un aficionado extasiado se le ocurrió decir: “Ahora sí: ya se puede acabar el mundo”. En ese entonces la luna cambió de color a un rojo como sangre y de las nubes emergían cuatro jinetes: uno de ellos llamado “muerte”.

Escondida por los rincones, temerosa que alguien la vea, apenas y se acercaban los ratones a platicar con la pobre muñeca fea.
Después de que fue consolada por los demás habitantes del ático, la muñeca se dispuso a contarles a los que estaban con ella, sus días felices, en los que no estaba cubierta de hollín y no derramaba lágrimas de aserrín:
-Yo vivía con una niña de cabello castaño, listón rojo y vestido blanco. Todas las mañanas mi dueña me peinaba, por las tardes me cargaba y juntas íbamos al parque y en la noche dormía con ella.
- ¿Y entonces qué pasó?- Preguntó uno de los ratones con quien ella hablaba.
- Un día escuché gritos muy fuertes afuera del cuarto, después vi a mi dueña agarrar una maleta y hacer sus cosas para irse. Después la madre de mi dueña arregló el cuarto y a mí, junto con otras cosas, me botaron en el ático, por lo fuerte que ella me tomó del brazo se me rompió. De repente me fui llenando de polvo y me sentí olvidada, pero ustedes han sido mis mejores amigos y eso me hace feliz.
De repente alguien entra al ático, es una ancianita. La muñeca fea se esconde como siempre, hasta que un grillo que está a su lado canta y así es encontrada. Los demás objetos ven asustados cómo se la llevan…

-Mira lo que te tengo de regalo, Rosita.
-¡Qué bonita muñeca abuelita!- Sonreía sorprendida.
-Sí, la encontré sucia en el ático. Estaba algo sucia, pero la arreglé y quedó como nueva, creo que era de tu mamá.
- Es la muñeca más bonita que he visto. De seguro hay más cosas en tu ropero.
- Está bien hija. Ve por el llavero en la mesa.

Y así, la muñeca fea dejó de existir para renacer en una más bella y radiante. Sobre todo, volvió a tener una amorosa y tierna dueña; pero nunca olvidó la amistad de la escoba y recogedor, el plumero y el sacudidor, la araña, la vieja maleta y los ratones que la querían ver feliz.

La noche parecía tranquila en San Juan, una fogata daba calor e iluminaba la cueva, la guitarra del jefe animaba a sus secuaces (como unos cincuenta) y a sus mujeres. Sólo uno de ellos estaba en el fondo, era el Charro Negro y nadie quería acercársele: un tipo con ojos como de fuego, tez blanca como de un cadáver, porque casi todos pensaban que era la muerte misma, pero con el tiempo habían aprendido a ignorarlo.
De repente llega Juan Charrasqueado, pero no llega solo: un niño lo acompaña, era güero, flaco, como de unos ocho años. El jefe dejó de tocar la guitarra y se dirige a su “tocayo”.
-Lo encontré cerca, estaba siendo perseguido por una bola de jinetes.
- Y tú niño ¿por qué te estaban persiguiendo esos tipos? Respondía el líder de forma seria, creyendo que aquel los podría meter en un problema.
-Trabajaban, como yo, para la hacienda en que vivía- contestó llorando.
-¿Cómo que trabajaban? –preguntó el Charrasqueado.
-Sí, es que yo maté al patrón. Ese pendejo había violado a mi hermana. Un día el hacendado regresó de ajusticiar a un tipo que le estaba robando ganado, dejó un arma en la mesa y yo estaba limpiando. La tomé y le clavé una bala entre los ojos, después agarré un caballo y huí…
-¡Pinche esquincle! Salió cabroncito…- Dijo un hombre que tenía en brazos a dos mujeres. El infante había visto esa cara en un periódico de la capital: era el “Tigre” de Santa Julia.
-Mátenlo, nos va causar problemas- Dijo un cincuentón vestido de charro con incrustaciones en plata.
-¡Cállate Zarco! Que para la otra te dejo colgado- Gritó el Charro Negro al bandido, que se calmó al instante.
-¿Cómo te llamas pequeño?- Le preguntó
-Do-Doroteo- Respondió con las palabras cortadas por estar llorando.
-Jefe-decía Charrasqueado- el niño traía esta pistola. Mire, está rotulada…
-¿Francisco Villa, eh?- sonrió mientras leía la firma del arma. -Bienvenido seas “Pancho”, mi nombre es Juan Menchaca y estos son los nuevos Gavilanes: aquí te vas a hacer hombre.- Sentenció.

En el año 3025, la tierra se ha convertido en un lugar donde la vida dejó de abrirse paso…

La capa de ozono sería una anécdota de haber alguien quien la recordara. La aridez de la tierra y la escasez de agua han destruido la poca flora que había sobrevivido al paso del hombre, con su afán por transformar su entorno irresponsablemente. Radiaciones naturales y provocadas han envenenado al planeta.

Sin embargo, esa rara combinación entre contaminación, las condiciones climáticas, radiación y los restos de raza humana muerta han hecho lo imposible: de la tierra empiezan a alzarse miles de cuerpos sin vida, sin un grano de conciencia, sin las necesidades básicas que los distinguían; a excepción de una: el hambre.

No huelen, no ven, pero adquirieron un sistema nervioso, capaz de sentir las cercanías entre ellos, los constantes sonidos producidos por el aire caliente que sutilmente les arranca carnosidades, la fortaleza o debilidad del suelo que pisan… y la ausencia de alimento, situación que los devolvería a ese polvo del cual emergieron.

El más sensible de todos, el primero que alzó entre los suyos, sintió algo que podría comerse, así que instintivamente dirigió sus pasos hacia uno de los polos de la tierra. Los demás sintieron sus cansados pasos y lo siguieron: a medida que se acercaban, descubrían los motivos del viaje: comida, mucha comida.

No todos los zombis lograron sobrevivir al viaje. Las ventiscas furiosas destruían esas masas frágiles: volaban cabezas, se desprendían retazos, se desmembraban cerebros: dejaban a su paso una estela de carroña.

Por fin llegaron a su destino en forma de un Dinosaurio Gigante, atrapado en un iceberg. Al mismo tiempo, una nave alienígena del tamaño de una ciudad trasporta al espécimen, dejando a los terrícolas sin nada.

Ahora tendrán que comerse entre ellos…

Gerson Obrajero “Tlalocman”.

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