Después de un relajante baño y con un estado de ánimo más tranquilo. Xochitl empezó a levantar todas esas cosas que venían en la maleta, que en un arranque de ira había arrojado cuarenta minutos antes. El retraso del vuelo y el denso trafico de Bombay, casi logran que perdiera la cita pactada con los, después de una complicada y tensa reunión de cuatro horas, flamantes clientes indios. El abrir la maleta y ver que no era la suya, fue la gota que derramó el vaso. Maldijo a Aeromexico, mientras la maleta volaba por la habitación.
Mientras levantaba las cosas, su mente empezó a divagar acerca de cómo sería ese hombre a quien le pertenecía la maleta, ahora en sus manos. ¿Sería un hombre maduro como los clientes con quienes se entrevistó o sería un atractivo joven como esos actores de Bollywood?
Entre las ropas encontró un hermoso oso de peluche, que seguramente sería un regalo para ¿su pequeña hija o para una amante ansiosa que lo esperaba en casa? Decidió conservarlo, sería un excelente regalo para su sobrina. El oso era obviamente un regalo ¿para que desperdiciarlo? No podía ponerse en contacto con el dueño y la maleta no tenia documentos importantes ni identificaciones.
Una bella caja de madera fina, había quedado dentro de la maleta. Unos finos habanos cubanos ocupaban una de las dos divisiones internas, mientras que en la más pequeña se encontraba un encendedor de plata con una palabra en sánscrito hecha de oro. El verdadero dueño de la maleta era sin duda uno de esos empresarios que a cada rato se volvían más y más ricos.
Salió a la terraza de su lujosa habitación, encendió uno de los habanos y se dispuso a admirar el Queen’s necklace, mientras planeaba su bien merecido día de shopping.

