Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, nos separamos un día por diferencias irreconciliables.
Recién había presentado su nueva obra, causando gran expectación, foros, teatros, universidades y medios solo hablaban de ella, aunque mas allá de la critica, lo que le importaba era saber si su obra realmente transmitía lo que en un principio el había deseado. Algo que hasta para un artista de su nivel es imposible.
En el la calle algunos tocaban su brazo y algunos otros solo murmuraban: ahí va el artista. Otro tanto ocurría en el mercado, mientras seleccionaba las frutas para el cóctel matutino, eso solo acrecentaba el vacío.
Salí a caminar, a buscarle sentido a lo que hago, y solo descubrí que al mundo le importa un pito, a quien le puede importar quien pinta, quien escribe, quien crea; el oficio de artista se encuentra a la vez sobrevalorado y devaluado, dicotomías simples para un estudioso de la estética, no para mi, que solo soy un mortal intentando vivir de lo que ama.
Pero cual es el sentido si no hay quien ame lo que hago.
Dialogamos al espejo esas y otras cosas, su trabajo de alter ego se tornaba difícil, por eso me dejo hace tiempo.
Seres taladran mi cerebro, con pequeñas herramientas que hacen juego con sus pequeños overoles azules, mi escape ya no tiene escape.
Salio a la calle y encontró a la gente estaba molesta con el, por no ser perfecto, por las fallas en su anterior creación.
En el mercado ya no tocaban mi brazo, ni murmuraban mi nombre, y aunque la critica nunca me importo, después de varios años busque en el espejo a Roberto Bolaño, pero no encontré a nadie.