Ejercicio 14: Frases

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Una vez más gracias a todos por su participación. Es momento de comentar. El Ejercicio QUINCE será publicado a las cero horas del Viernes cuatro de Abril.

UPDATE:

Por primera y última vez dos textos que fueron mandados a tiempo pero no fueron categorizados han sido subidos con el resto de los participantes. Por favor, queridos Metatexteros, NO OLVIDEN ASIGNARLE LA CATEGORIA ADECUADA A SUS TEXTOS. La noche del Jueves al subir los textos mis circuitos filtan todos los ejercicios que tengan la categoría del ejercicio en cuestion. los que sean “uncategorized” suelen quedarse en el limbo y no es por mala leche, sino porque no los veo.

Continúen en lo que sea que estaban haciendo. BIP

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano; me dio mucho gusto, claro.

Cuando era chico me aventaba piedras. En aquella época tenía cabello abundante con tupé nemoroso. Jugábamos haciendo espadas de palos, te daba guerra el condenado escuincle. Éramos unos mocosos, nos dejaban hacer lo que fuera. En las ventanas nos gustaba estrellar huevos, oh, placenteras travesuras. Recordamos la ocasión en que, cuando invitó a salir a Rosa, Melchor hizo el ridículo (finalmente le fue bien, pues aunque sólo pretendía un beso, obtuvo más que eso).

Una vez que salimos de día de campo nos presumió unas almohadas con fundas hechas para acampar especialmente.
Las cosas han cambiado. Arturo ha agrandado el círculo de sus amistades hasta ser bastante influyente. Es famoso como delantero centro clavado en Barcelona FC; como defensa habría que ponerlo a prueba.
Jugando futbol es todo un ariete… hace poco me entraron las ganas de verlo y fui a su casa, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, no se como llegó hasta aquí, repentinamente lo tuve en mis manos, y al segundo siguiente estaba cómodamente sentado frente a mi
- ¿Qué tal te va la vida? – saludó – al parecer no muy bien – se respondió a si mismo abarcando la habitación en la que estábamos y al resto de las personas que la ocupaban - ¡rayos, no se como lograste que te refundieran en este sito!
- ¡¿Es imposible que no entiendas lo que representas para mi?! – comencé a gritar, las demás personas que estaban en la habitación comenzaron a agitarse, evidentemente no les agradaba que hubiera una confrontación
- ¡Una ilusión! – ahora era el quien gritaba - ¡eso es lo que debería ser para ti! – apenado por el exabrupto respiro hondo y se tranquilizó - ¿no lo comprendes verdad?, no puedes ver que yo ya pertenezco a alguien, que yo ya tengo una personalidad definida, que mi dueño es aquel por quien yo vivo
- ¿Qué tiene el que no tenga yo? – a estas alturas yo ya estaba llorando y las otras personas en la habitación hacían sonidos que no entendía, sonidos de sufrimiento, dolor y desesperación
- Para empezar, libertad – sonaba triste – cordura, tal vez, pasión, sin duda. No, no lo entenderás – susurraba – es momento de irme, y ya no regresaré, solo lamento que por ti ya no puedo hacer nada – se desvanecía… la demás gente en la habitación gritaba y gemía, y unos hombres uniformados en azul y blanco corrían hacia mi – anda, si quieres entenderlo sigue hasta la habitación blanca y ahí la encontrarás – para cuando terminó de decir esto ya no estaba, había desaparecido.
Le obedecí, corrí, los uniformados me perseguían, ahí estaba, esa habitación que a diario veía… no entendía, me precipité hacia ella esperanzado de que ahí estuviera… pero al llegar no encontré a nadie

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. La última vez corríamos juntos, tratando de escapar de las guardias que cerraban los accesos de la plaza donde la protesta, abruptamente interrumpida por ráfagas de ametralladora, se había desarrollado. A lo lejos se escuchaban todavía las voces suplicantes y los lamentos de los heridos. Acurrucados uno contra el otro en el dintel de una puerta, el miedo me subía por la garganta con un sabor acre.

- Tenemos que separarnos - Me dijo - Si nos ven juntos te van a chingar a ti también -

Asentí con la cabeza, tratando de fingir normalidad comencé a caminar en dirección opuesta. Ya estaba lejos cuando les oí gritar.

- Ese cabrón es uno de los organizadores - Vociferaba un militar vestido de paisano.

Por el rabillo del ojo vi como a culatazos lo sometían.

Pasó mucho tiempo, de habladas supe que estaba recluido en San Juan de Ulúa. Una parte de mi dio gracias al cielo por no compartir la misma suerte, aunque otra, con voz acusadora me juzgaba con severidad por mi cobardía.

Ahora estaba allí, tocando a mi puerta, vestido con harapos y el cuerpo cubierto de tierra y arañones.

- Se había escapado - me dijo - le seguían y necesitaba de mi ayuda -

Con un abrazo fraternal le recibí, era la oportunidad de reivindicarme. Después de comer le ofrecí mi mejor cama, se recostó cayendo rápidamente en un profundo sueño.

Pasaba la media noche cuando tocaron la puerta, aturdido me dirigí a abrir cuando ésta fue abatida y con presteza me tomaron prisionero. Comenzaron a golpearme mientras repetidamente me preguntaban - ¿Dónde está? -.

Acobardado señalé la habitación. Me exigieron que los llevara, con el peso de mi conciencia a cuestas abrí la puerta. El viento se colaba por la ventana abierta, miré al alrededor pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belan, la vida había sido más dura con él, las bolsas en sus ojos y varios kilos de menos me insinuaron la historia que no me quiso contar, y que yo no quise preguntar. Vestía un acabado traje de lana, la camisa arrugada y desfajada le daban un aire de fracaso que me provocó un nudo en la garganta, no se parecía en nada a aquél individuo que hace algunos años asustaba a las personas con sólo caminar en su traje de cuatro botones, portando un bastón con cabeza de diamante y su sombrero de pluma.

Nuestra plática fue corta, no hubo tiempo, y aparentemente tampoco interés, de hablar sobre Georgina, me tuve que despedir argumentando que el negocio iba lento que tenía que atender unos asuntos, con mi tarjeta de presentación y un seco “Estamos en contacto” me fui.

En el resto del día una urgencia creciente por ver a Georgina ocupó mi cabeza, quería llegar a la casa y contarle sobre lo diferente que lucía Arturo, besarla y hacerle el amor como la primera vez, ese 26 de octubre, el mismo día en que Arturo desapareció.

En el camino de regreso, mi locura era tal que imaginaba a Arturo con Georgina, aquél viejo miedo que tenía volvió a cobrarse todos estos años en que lo mantuve escondido tras una falsa vida de felicidad.

Lo único que deseaba era llegar y ver su cara, esa mezcla de ojos de tigre y boca de fresa que en tantos problemas me había metido toda la vida. Llegué a la casa una hora antes de lo habitual, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, nos separamos un día por diferencias irreconciliables.

Recién había presentado su nueva obra, causando gran expectación, foros, teatros, universidades y medios solo hablaban de ella, aunque mas allá de la critica, lo que le importaba era saber si su obra realmente transmitía lo que en un principio el había deseado. Algo que hasta para un artista de su nivel es imposible.

En el la calle algunos tocaban su brazo y algunos otros solo murmuraban: ahí va el artista. Otro tanto ocurría en el mercado, mientras seleccionaba las frutas para el cóctel matutino, eso solo acrecentaba el vacío.

Salí a caminar, a buscarle sentido a lo que hago, y solo descubrí que al mundo le importa un pito, a quien le puede importar quien pinta, quien escribe, quien crea; el oficio de artista se encuentra a la vez sobrevalorado y devaluado, dicotomías simples para un estudioso de la estética, no para mi, que solo soy un mortal intentando vivir de lo que ama.

Pero cual es el sentido si no hay quien ame lo que hago.

Dialogamos al espejo esas y otras cosas, su trabajo de alter ego se tornaba difícil, por eso me dejo hace tiempo.

Seres taladran mi cerebro, con pequeñas herramientas que hacen juego con sus pequeños overoles azules, mi escape ya no tiene escape.

Salio a la calle y encontró a la gente estaba molesta con el, por no ser perfecto, por las fallas en su anterior creación.

En el mercado ya no tocaban mi brazo, ni murmuraban mi nombre, y aunque la critica nunca me importo, después de varios años busque en el espejo a Roberto Bolaño, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Simplemente estaba ahí, con los amigos, como si nunca se hubiera ido.

Cuando entré al café no lo reconocí, me acerqué a saludar a todos y de pronto me topé con su rostro. Me sonrió a manera de saludo y dejó de verme por el resto de la noche. De alguna forma, parecía ser la única fuera de lugar, como si hubiera llegado tarde a un espectáculo y no entendiera nada ahora por no haber visto el comienzo. Yo estaba incómoda a su lado, sin atreverme a preguntar nada, a enfrentarlo, a pensar en algo ajeno a ese hombre.

Éramos nueve en la mesa. No fui consciente de eso hasta tiempo después, cuando obsesivamente repasé esas horas. No puedo recordar qué lugar ocupaban los demás, porque en ese momento eran sólo unos fantasmas sin rostro, de voces lejanas. Él estaba a mi derecha.

Cuando la reunión terminaba, Alicia, fingidamente casual, dijo que pronto nos llegaría la invitación de su boda. Alicia y Arturo. Que le daba mucho gusto compartir la noticia.

Mientras los demás se acercaban a felicitar a la pareja yo miré cómo de la tierra se levantaba un aire en fuga, tembloroso y absolutamente calcinante. Allá afuera, pensé, las piedras se derretirán; aquí, me estoy congelando.

Me despedí apresuradamente, de lejos, pero no salí del local. Me refugié en el baño. Me lavé las manos, la cara, debía encontrar algo de claridad, saber qué palabras debían salir de mi boca. No sólo era yo, estaba segura, Belano no era alguien a quien se pudiera imaginar en esa trama. Después de ensayar frente al espejo “serán muy felices”, “qué alegría”, pinté una sonrisa en mis labios y salí decidida al último abrazo.

Pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. El hijo de puta no había cambiado, lo cual me extrañó porque desfiguré su rostro en nuestro último encuentro. La cirugía reconstructiva debió costarle una fortuna.

En cuanto me vio, evitó encararme. Él sabía perfectamente que no tenía escapatoria y esa vez me aseguraría que no sobreviviera. Averigüé donde estaba hospedado e hice la visita. Estaba listo para encargarme de todos los matones que el muy maricón enviaría, sé cómo piensa. Pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano…

Me causaba mucha gracia su apellido, desde la primaria no cansábamos de burlarnos de él; en cambio, su actitud era serena, siempre orgulloso de su apellido altivo se crecía con los insultos. Era hijo de un tipo que había inventado un tipo de pegamiento industrial y vivían bien de la patente.

Curiosamente nos encontramos en la universidad como compañeros de carrera, el seguía siendo el mismo, por su carácter no tenía amigos… curiosamente yo terminé siéndolo. Esa soledad de entonces parecía arrastrarla desde hace mucho, incluso ni siquiera me hablaba bien de sus padres, a quienes dejaría justo al terminar sus estudios. Parecía que les guardaba rencor.

Yo me fui a vivir a Reynosa por cuestiones de trabajo y perdí contacto con él. Como dije, pasaron varios años hasta que un día él me buscó saliendo de la oficina. Quería cruzar la frontera y quería que lo alojara unos días en mi casa, estaba huyendo de la policía pero nunca me dijo por qué, pero lo sospeché la razón cuando, al preguntarle por sus padres, su rostro se puso blanco.

Un día después de que salió de mi casa, llegaron unos policías preguntando por él, llevaba seis meses de prófugo por doble homicidio. Yo me hice el desentendido y creo que les costó trabajo aceptarlo, sobre todo cuando les dije que tenía mucho tiempo sin tener razón de él.

Tres años después me llegó un mail de Arturo, en el cual decía que tenía que verme en la Central Camionera para agradecerme mi “discreción en ese difícil momento”. Llegué a tiempo, me senté donde él había indicado y tomé el sobre que me había debajo del asiento (medio millón y postales de Zúrich). Esperaba abrazarlo por última vez… pero no encontré a nadie.

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Gerson Obrajero

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano.

Cuando lo vi, no pude creerlo, después de tantos años lo volví a ver, le grite con mi pecho ronco “ARTURO!” pero no me oía, era lógico los trenes no dejaban que escuchara mi voz, entonces fue cuando camine hacia él, pero parecía que entre mas me acercaba mas se alejaba, hasta que por fin lo alcance, fue cuando le pregunte por mi dinero, el que me debía de un carro, entonces me contesto: “yo t lo pago mañana, ve a mi departamento que esta a 2 calles de aquí, a las 5p.m.” yo encantado le dije que si, al otro dia fui a su departamento donde me digo que estaba viviendo,

pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano…Abandono su casa el día en que Jimena y yo nos casamos, no sin antes prometer que algún día regresaría para recuperar el que fuera el amor de su vida, y finalmente hoy estaba de vuelta caminando tranquilamente por el malecón principal. Seguía teniendo el rostro enjuto y la mirada fría, conservaba aún ese rostro inexpresivo que intimidaba a cualquiera.

Trate de esconderme para evitar su encuentro, no tenía respuestas o consuelo que ofrecerle; el se merecía mas que palabras a la medida o discursos prefabricados, no puedes llegar a decirle a alguien que está enamorado perdidamente, que el objeto de su amor se ha fundido en otros ojos, que son otras manos las que toman su cintura cuando caminan por la calle; que no han de ser sus labios los que acaricien su cuerpo desnudo antes de dormir. No me fue posible evitarlo, supongo que me había visto incluso desde antes que yo advirtiera su presencia.

Si su rostro fuera capaz de expresar algún tipo de sentimiento, estoy seguro que sería felicidad. Finalmente llego a mi lado y sin decir palabra alguna se sentó a mi lado. Permanecimos en silencio un par de minutos, hasta que finalmente me dijo:

- He vuelto para luchar por el amor que me robaron.

- Nadie te robo nada, así es el amor.

- Eso no importa ahora, ojala hubieras podido ver su rostro cuando le hable de nosotros, cuando le enseñe la foto.

Al tiempo que decía esto último estiro su mano hasta tocar la mía. Salí corriendo de ahí, pensando en como explicarle a Jimena que antes de conocerla tuve un romance con él, prepare mis mejores palabras antes de llegar a la casa, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba en el aeropuerto mirando la tormenta, esperando y él me reconoció:

- ¡Hey Polli!

Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así: en la secundaria me decían Polli porque tenía corazón de pollo. Antes de mirar atrás, yo ya sabía que era él y un escalofrío recorrió mi espalda. Al mirarlo vi que tenía algunas canas, sin embargo sus ojos seguían siendo profundos y hermosos. Se acercó a mí y me dio un beso.

- Tanto tiempo.- Dije.
- Te ves muy bien… ¿tu avión también se retrasó?
- Sí.

Sentí mi corazón volcarse al observar que acomodaba sus maletas para esperar a mi lado. Tenía dentro de mí un extraño sentimiento, entre miedo y nostalgia. Tomé aire y traté de iniciar una conversación:

- ¿Y para dónde viajas?
- Panamá… negocios de la familia, ¿y tú?
- De vuelta a casa… ¿vives aquí?
- Me la paso viajando pero sí tengo casa aquí… ¿Y tú?
- Vine a un funeral… pero tengo que volver a Houston.
- Que pena. ¿Estás bien?
- Sí. Creo… - sonreí- ¿Crees que la tormenta vaya a pasar pronto?
- No lo sé. Ya son varias horas… deja pregunto.

Lo miré alejarse, me puse a divagar mientras miraba a la gente alrededor. El dolor de mi presente se revolvía con la ilusión extraña de verlo de nuevo, de platicar con él. Me preguntaba si alguna vez él se habrá imaginado lo que solía sentir…

- Me dijeron que van a cancelar mi vuelo. Pregunté por el tuyo – se sonrojó- y dice que parece que también. En un rato van a dar el aviso… ¿Quieres tomar un café?

Creo que empecé a temblar… mi tonta timidez de la adolescencia se hizo presente… y por instante me puse a buscar en mi interior quien podría recogerme en el aeropuerto… pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba más jodido que cuando lo perdoné aquel día. De por sí era un hombre triste, de semblante rígido y un aura de soledad que lo caracterizaba. La guerra había pasado por su pequeño pueblo y él, junto con otros hombres, se fueron a refugiar de la bola y la leva a las montañas. Ahí lo conocí. Intentando morder un mango podrido que a duras penas hubiera podido medio silenciar el hambre que se cargaba desde hacía casi tres días.

Su alma fatigada se movía de un lado a otro. Nerviosa. Impaciente.

—Hora de irnos— le susurré.

Se negaba. Se negaba a dejar atrás el jodido pueblo. Quería esperar a la parada de cruz. Quería esa prorroga. “No”, le respondí, pero él insistía, me rogaba, me pedía de rodillas por favor y al final acepté. Dejé su alma penante durante toda aquella semana. El domingo, domingo de ramos, volví por él a la media noche. En el pequeño cuarto, donde una mesita en una esquina con un cirio prendido y una foto de un Arturo Belano de tiempos mejores, dormitaba una anciana bastante carcomida por el tiempo. Junto a ella, el alma de Arturo Belano la consolaba en silencio, susurrándole mensajes de amor al oído sordo por la edad.

—Hora de irnos— le dije.

Besó la mejilla cuarteada de su anciana madre y me siguió hacia la puerta. Antes de salir del lugar, volví la mirada rápidamente para volver a ver el lugar del velorio. Tal como lo vi cuando llegué, salvo la anciana y solitaria madre, no encontré nadie ahí.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Lo encontré eligiendo una de esas camisas de cuadritos de señores. El segundo en que sostuvimos la mirada fue suficiente para que la sangre se me helara y huyera. Una vez resguardada en la agradable multitud de la plaza regresé a mis 16, cuando lo conocí…

Lo nuestro era violaba mas de una ley y nosotros buscábamos sentencia de por vida. Tal vez en celdas separadas dejaríamos de tocarnos, de desvestirnos con la mirada, de darnos esos besos eternos, cuando la eternidad se terminaba ante la mirada de algún vigía mojigato.

En un segundo regresé a los besos frente a Paul y Bono, a la alfombra con tinto derramado, a las llamadas trasatlánticas sin tono, a un corazón que terminó amargado. Al insomnio, las pesadillas, los cigarros. El miedo, el deseo, el desamparo. Mi vientre fértil desgarrado.

Jamás volvería a su olor, a mis manos en su cabeza, a su silencio dándome la espalda. Nunca más habría madrugadas sin dormir, esa cama no soportaría más mi cuerpo derrotado. Siempre me quedaría con su risa, con la manera de moverme, con la mierda que sigo cargando.

Habían pasado ya muchas noches doblando ropa y más madrugadas soñando con su boca. Dos años odiándolo, mil y un días olvidándolo. Dos niños y sus padres, treinta y tres amantes de ocasión. Aunque ninguno al que mi cuerpo buscara con la misma vocación.

Este inventario repasaba en mi pensamiento, intentando inmovilizar mis pies en el pavimento. Pero la fuerza de buscarle soportaba por mucho el peso que cargaba en las bolsas de mi pasado. Y volví a buscarle… pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, estaba desde luego diferente pues ocho años y una guerra mundial no dejan a nadie igual, el primer día que lo vi estaba llorando de coraje al tiempo que no paraba de decir: “Te vas a Francia para conocer a la futura esposa de tu hijo y regresas jodido y con la nueva de que tu hijo esta muerto, ¡que hijos de puta!”. Estaba acabado, estaba cambiado.

Entre otras cosas Arturo no paraba de explicar el por que de su tardanza, decía que había quedado atrapado en un pueblo de Francia y juraba que lo habían mandado a uno de los muchos campos de concentración del ejercito alemán. De los putos nazis asesinos como el les decía.

A Arturo lo recuerdo mucho, en primera por que era muy amigo de mi padre y en segunda por que fue la primera persona cercana a mí que supe que había muerto, recuerdo el día que murió, la gente rodeaba su casa mientras la policía trataba de alejarla, yo tenia ganas de ver el cadáver, era algo nuevo para mi y no quería perdérmelo, busque una entrada alterna a su casa por medio del techo, entre y busque el cadáver, de verdad que tenia muchas ganas de verlo, finalmente ahí estaba el sillón donde siempre se sentaba y donde decían que había dejado su ultimo aliento, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. La cicatriz en su rostro parecía acrecentada por el tiempo pero él la llevaba con orgullo, incluso más que las propias medallas al Mérito, al Honor, al Valor y a tantos otros logros militares que peleaban por un lugar en su pecho.

-General- le dije, al tiempo que le daba un saludo militar que él devolvió con férrea seriedad; inmediatamente después sonrió levemente y contestó:

-Mayor… ¡Perdón! Coronel.

El ineludible respeto militar dio paso al cordial abrazo de los colegas unidos en las armas, que vuelven a encontrarse a pesar de los años de guerra que han tenido que soportar.

-¿A qué se debe el honor de su presencia en las trincheras?- pregunté.

Su expresión pasó nuevamente a esa seriedad que le daba el aspecto de escultura de César. Tomó aire como para acentuar la importancia de lo que estaba a punto de revelar

-El Proyecto Prometeo está listo y su unidad fue elegida para ponerlo en marcha.

La noticia me golpeó como una carga de plasma ultra-térmico de expansión.

-¿Pasa algo, Coronel?- me preguntó al darse cuenta de mi expresión de sorpresa.

-Nada, General. El Séptimo Regimiento de Infantería, “Fenrir”, se enorgullece ante este honor.

-Brillante, Coronel. Repórtese en el Cuartel a las 2100- el general saludó militarmente y dio media vuelta; todavía se detuvo un momento en la puerta y dijo- Me alegra verte bien, Edmond.

A las 2100, mi Regimiento y yo nos encontrábamos listos para recibir órdenes, bajo la mirada del Lobo de nuestros Estandartes, armaduras de Bellum-Titanium reluciendo a la luz de las lunas. La descarga del arma Prometeo acabaría con los Vampyr y su maldito planeta.

Después de activarlo, aguardamos… y entonces comprendimos. Por eso maldije a Belano y grabé este microcristal, la carga está por estallar… Debían venir por nosotros. Yo… los busqué… pero no encontré a nadie…

Iosephus

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba mucho más delgado desde la última vez que le viera y en sus ojos se pintaba la tristeza de aquellos a quienes la vida les ha negado siempre un triunfo, una meta.

Le saludé como en los viejos tiempos. Desde sus ojos hundidos y vidriosos me devolvió el saludo y aunque su rostro y su cuerpo reflejaban el fracaso, su voz no había cambiado. Era fuerte, agradable y cargada de una energía que hacía que quien hablara con él dejara de sentir esa extraña sensación mezcla de pena y lástima. Su voz desmentía completamente lo que su humanidad reflejaba al mundo exterior y cuando empezó a hablar volví a percibir en mi interior todas aquellas que me hicieran amarle como jamás había amado a otro hombre.

Arturo fue mi gran amor y como toda adolescente me sentía cohibida ante aquel hombre que hablaba con tanta firmeza y tanta propiedad. Se que él se daba cuenta, pero Arturo era además el hombre más tímido que jamás conociera.

Conversamos un buen rato, de cosas banales, me narró su vida, las cosas que había hecho y las que había dejado de hacer. Y de pronto, sin más ni más lo soltó, así de improviso: — Siempre te amé, aún te sigo amando. ¿Lo sabías?

— Lo he sabido siempre, pero jamás te atreviste a decirme nada. — Respondí como una autómata.

El me miró pensativo y sonrió levemente. Luego, aspiró profundamente y con la voz más sosegada y serena que jamás escuché concluyó: — Un día fui a tu casa, quería casarme contigo y tenía intención de pedírtelo, sin embargo, — su mirada se entristeció infinitamente — llamé a la puerta varias veces, pero no encontré a nadie.

“Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. O bueno, una parte de él. Al principio no lo reconocí, pero la forma de ese pene erecto en la fotografía me hizo recordar tantas tardes en su oficina. En algo ayudó que a Arturo siempre le haya gustado hacerlo con las luces encendidas.

Pequeño, quizá, un poco curvado hacia la izquierda y con ese lunar en forma de grano de arroz que es inconfundible. Mi subconsciente me había forzado a borrarlo de la mente. Por eso me costó trabajo saber quién era.

Le cuento esto porque sé que usted jamás le diría a mi marido. Pedro es un buen hombre y nos hemos acoplado muy bien juntos. Es todo lo que habría podido pedir en un hombre. Sin embargo esa fotografía y esa carta citándome en un hotel bien conocido habían logrado que me humedeciera sobremanera.

Hace dos días perdí el sobre. Pedro había estado en mi estudio y le pregunté si no había tomado mis documentos. Temí lo peor. ¿Y si se enteraba? Unas horas después encontré el sobre en un cajón y noté a Pedro un poco extraño pero no le di importancia. Debo confesar que mis pensamientos estaban lejos de casa. Arturo había prometido esperarme en la habitación 417 del Hotel La Isla.

Ayer fue el día. No vi a Pedro en toda la mañana, A medio dia entró despacito al estudio y me dio un beso en la frente. Me dijo que no lo esperara para cenar.

A las siete en punto entraba con mi auto en el Hotel. Me parecía extraño no ver nada de gente. Y eso que era quincena.

La puerta de la habitación estaba abierta. Había manchas de sangre, entré y la recorrí completita, pero no encontré a nadie.”

Frio

-Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano

-¿Quién?

-Ése, el que me hacía erizar la espalda.

-¿El de las manos grandes?

-Sí.

-¿El de la fuerza desencadenante de temblores?

-Sí, Carlos, el del frío previo a la sensación de plenitud.

-Ja! No sigas, que no tengo que comer en casa.

-Jajajaja… ¿Tienes el marica en on?

-Si, búrlate, cuando sales del mercado mucho tiempo la ansiedad de volver ahí paraliza.

-Lo sé, ¿no te digo? Arturo Belano

-Y que quería?

-No sé, lo vi al abrirse las puertas del metro, cuando cerraron y comenzamos a movernos ya no estaba.

-¿Qué querrá?

-Ni idea… ¿otra vela?

-¡Deja de jugar con esas vainas! ¡Ya me estas asustando!

-¿Qué? ¿Acaso no puedo?

-No sé, Fer, eso de buscar placer con las ánimas cómo que no entra dentro del concepto de espiritualidad generalmente aceptado.

-Jajajaja, pero si siempre es como la primera vez, me voy acompañado y al despertar… vacío.

-No sé, Fer, aunque entiendo, yo lo quise intentar pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Mi mano temblaba inquieta apuntando mi revólver a la altura de la cabeza, detrás de la puerta donde sigilosamente lo esperaba. Espere mucho el momento en que pudiera despojar al mundo de una basura como él. Apreté el gatillo de manera automática, la bala le atravesó la cabeza, y pude ver su cuerpo desplomarse en la alfombra, solo que no era el…era una chica de 20 años. Su rostro me parecía conocido. Era la chica que conocí en el bar dos noches atrás. Lo que aún no entiendo es que estaba haciendo aquí. Asesine a una inocente, erré el blanco. Entonces me pareció oír su voz y busque frenéticamente por todas partes. Las puertas estaban completamente cerradas no había manera de escapar… De pronto un susurro me erizo hasta el alma…

-¿No entiendes todavía que nunca podrás sacarme de tu existencia?-

Al darme vuelta, sólo encontré mi reflejo en la ventana. Seguí buscando sin encontrar rastro alguno. Regrese a la habitación donde yacía inerte el cuerpo de la joven y pude notar que en su mano traía un papel. Lo que vi, me confundió aún mas, era un recado mío citándola en este lugar y a esta hora, no era la primera vez que me pasaba, ya en dos ocasiones habían muerto inocentes por culpa de él, sólo que esta vez yo fui el que invito a venir a la víctima. Entonces lo escuche de nuevo…

-No podrás detenerme nunca-

Abrí rápidamente la puerta, mire en el pasillo, pero no encontré a nadie

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, y no fue en el puesto de jugos de naranja donde se ganaba la vida desde hace muchos años. En ese tiempo yo vivía solo en un pequeño cuarto de alquiler, mi familia había muerto en un incendio, causa de un cigarrillo mal cuidado en la cama de mis padres y mi pequeña hermana. Yo me había quedado ese día jugando hasta tarde y muy tarde fue cuando los vecinos se dieron cuenta del fuego.

A pesar de mis doce años, Arturo me enseño a ganarme la vida cuando quede solo, primero entregaba paquetes y recogía el dinero, luego me enseño a armar los paquetes con las blancas píldoras, “Píldoras de Olvidar” decía.

Pronto creció el negocio, y mientras yo crecía más cosas aprendía a hacer, el puesto de naranjas siempre fue el más concurrido del mercado gracias al “Toque mágico”. Yo las hacía y repartía pero no me deban probarlas, decían que era muy chico para esas cosas.

Cuando todo acabo, yo pude salir del problema porque estaba limpio y era menor de edad, pero a pesar de mis 16 años mi lista de crímenes no solo era trafico de drogas. Por lo mismo fue fácil encontrar un trabajo parecido, y mi nuevo jefe no erá como Arturo, al contrario yo mismo debía probar la mercancía para saber que era de calidad, y yo con gusto lo hacía, ellas no eran pastillas de olvidar, por el contrario me hacían recordar esa época donde tenia familia y un hogar, poco a poco empecé a tomar más píldoras y más drogas diferentes, tanto asi que el día que volví a ver a Arturo, pase de largo pues sencillamente miraba al vacio y mire el espacio que el ocupaba, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, lucia prácticamente idéntico a la última vez que lo vi…

…recuerdolo poco antes de la despedida de mis clases en la escuela de detectives, a donde fui enviado por la AFI, él platicaba con López Lobo, quien se marchaba con junto al pelotón de refuerzos cuando quedó resuelto ese caso.

Es raro, pero todo lo que aprehendí durante mi estancia en Chile, no era nada comparado con la sapiencia que tenía ese hombre sólo… (¿qué estaría haciendo en México y en CD. Juárez?)

Hasta donde supe se había retirado de la profesión, residiendo en Liberia y no creo que sea quien vendrá por parte de la INTERPOL a cooperarnos para de una vez resolver este maldito asunto.

Continué mi camino a la bodega en la que según el informante vieron al acompañante de la última mujer asesinada, de cuyo caso estaba a cargo, por la menara y el móvil parecía una más de la lista de extra oficialmente miles.

Llegué con el encargado de las bodegas, con un poco de persuasión mexicana me presto el duplicado de las llaves. Encendí un cigarrillo y me protegí del maldito frío, cubriendo el rostro con el cuello de la gabardina y el sombrero, avanzando lentamente hacia el lugar en cuestión.

No se que esperaba encontrar, que podría averiguar yo que no supieran ya las efectivas autoridades locales. El atardecer daba un toque de misterio a la escena, muy al estilo de las historias de detectives sangrientas que leía mi padrino.

Abrí la puerta lentamente y con estupor vi la escena de una morgue con los compartimientos llenos de cadáveres de jóvenes mujeres desnudas… de pronto un disparo por poco me mata, sólo rozo mi gabardina.

Corrí hasta la puerta que conducía hacia el corredor por donde entre, llegué al cuartucho del encargado; pero no encontré a nadie.

Esta semana las instrucciones son muy simples.

Los participantes de Metatextos deberán escribir, en trescientas palabras o menos un texto de tema libre que

a) Comience con la frase: “Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano.”

b) Termine con la frase “pero no encontré a nadie”

Las palabras que conforman estas oraciones no forman parte de las trescientas del cuerpo del texto.

Tienen hasta las 23:30 horas del Jueves 29 de Mayo (Hora de la Ciudad de México) para mandar su texto. Como siempre, serán publicados a las 0:00 horas del Viernes 30.

Suerte.