Ejercicio 12: Continuación

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Estimados radioescuchas, como ustedes bien saben, el enorme Tomás Rey es el escritor más prolífico y exitoso en toda la historia de este país. Ha publicado varias docenas de novelas, la más corta de las cuales tiene seiscientas paginas, ha sido traducido a más de treinta idiomas y todas, sin excepción han sido best-seller, su obra cumbre El fuego de la noche será editado por octogésima vez el próximo Julio.

El maestro Rey destaca también por su extraordinaria timidez, en todo este tiempo, no ha habido una sola entrevista, una foto, el misterio que lo rodea es total, hasta el dia de hoy en el que después de casi cincuenta años, Tomás Rey ha tenido la gentileza de darle a este humilde programa radial su primera entrevista:

- Maestro, es un honor poder platicar con usted esta tarde.

- Ahh..ahh..no tiene porque…uf…agradecerme joven.

- ¿Se encuentra usted bien?

- Uf..por supuesto, estoy escribiendo, siempre me siento bien cuando…ahh…escribo.

- De modo que incluso ahora esta usted trabajando, debo decir, eso explica mucho.

- Ahh…ahhh…ufff..ufff..Si. Mi trabajo me ha dado muchas satisfacciones, incontables…orgasmos…ay cabrón.

- ¿Es por esta dedicación que sus obras son de tan largo aliento?

- En parte si…uff…para mi escribir una novela es en muchos sentidos similiar a hacerle el…uff…ufff..amor a una mujer, mientas más se prolonga el placer, mas intenso es el clímax, para ambos. Justo ahora estoy a punto…a punto de terminar el ultimo capítulo de esta ultima.

- Eso es una verdadera noticia, maestro, ¿nos podria decir de que trata esta ultima obra?

- Ya casi, ya casi, ya..ya..ya…YAAAAAAAAA.

- ¿Maestro?…¿maestro?

Al otro lado de la línea, solo se escuchó el ruido del aparato telefónico al chocar contra el piso y, unos segundos más tarde, el clic de un encendedor prendiendo un cigarro.

(Ejercicio Nueve: Parafilias)

Un hombre cortó con su silueta el haz de luz que recién se filtraba al cuarto a través de la puerta desvencijada. Su sombra creció sobre los confines de la habitación, conectando las tinieblas en una amenaza; fija sobre la mujer y el pasaporte.

Ella reaccionó con un giro del torso hacia la puerta, constriñendo un chillido bajo su esternón y forzándose a espetarlo como gemido de angustia. Al descubrir esa mirada puesta en ella comprendió la identidad del invasor. El pasaporte le pesó entonces como una sentencia; observó sus dedos entreverados con las hojas ensangrentadas y sintió cómo éstas le acosaban la garganta repugnantemente. Tosió. Tosió desde la base del estómago y lanzó el pasaporte con el último de sus espasmos; comenzó a tallarse las manos frenéticamente contra el regazo; intentando borrarse el veneno incipiente de la violencia.

El hombre emitió un bufido osco y se lanzó sobre ella.

Monique saltó del asiento pateándolo hacia atrás, provocando que el negro trastabillara sobre éste; más no lo suficiente para caer. Tras otro impulso, el hombre la atajó a medio paso, derribándola sobre la mesa y luego al suelo, quedando encima de ella. La mujer sintió su cuello preso de las manazas de la bestia y pronto empezó a perder oxígeno. Intentó defenderse. Golpeó al agresor con cualquier resto de los objetos de la valija, pero era como integrarlos a la fuerza paquidérmica de su furia.

El negro sintió avidez por el cuerpo de su presa. Sorprendido, soltó una de sus manos para levantar las faldas de la mujer y contener sus pataletas con el tórax. Frotó sus muslos con ligereza y apenas tocó el triángulo blanco de sus bragas, eyaculó frenéticamente.

Ella también arrojó un gemido placentero, asfixiado…

Quedáronse impávidos por horas.

A lo lejos, el encendedor refulgió con el brillo de la calle; la inscripción enlució prístina: “Cuando los elefantes pelean, es el pasto el que sufre”

El hombre intentó encenderse un cigarro; sí, él: bastardo, profanador, carne de miseria. Phillippe.

Llamaron a la puerta con cierta prisa…

Un tipo: — Good afternoon Mr. Rodríguez, we got your case. (Buenas tardes Señor Rodríguez encontramos su maleta.

Yo: — I’m coming! (¡ya voy!)… [pero un momento, mi maleta no tenía nada que la identificará, salvo la etiqueta que le ponen y no ha manera de que por eso hayan dado con el hotel donde estoy.

Yo: — Wait for me at the lobby, I’ll be there pretty soon.

Me asomo por la mirilla y observo a un tipo de vestimenta militar o más bien de agente migratorio tomar el ascensor…

Salgo corriendo por la puerta de me dirijo a las escaleras y entro a un estudio de televisión…

¿Qué ocurre? ¿Es esto una mala broma?

¿Acaso seré la versión mexicana de “The Truman Show”?

Todos me persiguen y al salir a la calle toda la gente comienza a gritar:

¡Miren, miren, es el Robert! ¡Si el gordito de la tele que sale todos los días!

Me escondo tras un basurero y comienzo a entender lo absurdo de mi vida… cuando de pronto veo un celular que comienza a sonar, y me lleva a escapar de quienes me persiguen y me preguntan ¿estás listo para salir?

Despierto empapado de sudor y me digo a mi mismo, no vuelvo a cenar enchiladas tan tarde.

Héctor Cacciatore se ocultó detrás de una piedra en las afueras de un enorme palacio en el Oasis de Al-Qatif. Vestía una tradicional túnica árabe y un turbante, ambos negros para pasar desapercibido durante la noche. La luz de millones de estrellas iluminaba el mármol del palacio, y los altos minaretes se levantaban como mudos pero celosos guardias de la cúpula dorada. En el frontispicio del palacio se leía: زرتشت. Zoroastro.

La voz del Teniente Elías Therion se escuchó repentinamente en el oído de Héctor:

-Comandante, faltan cuatro minutos para la conjunción.

-Copiado. Teniente Thadaeus, reporte su situación.

-Sin novedad, señor. Los instrumentos se mantienen tranquilos- contestó en un susurro el Teniente Eleithar Thadaeus desde el otro lado del jardín mientras ponía especial atención a sus medidores de campos magnéticos y al Detector Sing.

-De acuerdo, estén alertas- dijo Héctor.

Recordó cómo, unos meses antes, volaron sobre el Polo Norte en sus Hunters para derribar el trineo, los renos y al grasoso conductor. Y lo habían logrado. Ahora continuaban con su misión.

-Señor- dijo Thadaeus- ¿por qué trajimos el Detector de Singularidades y por qué estamos aquí en Mayo? ¿No se supone que estos tipos aparecen en Enero?

-Esa fecha es sólo tradición. Necesitamos el detector porque durante la conjunción de Júpiter y Saturno hay una micro-singularidad bajo la Cúpula Dorada. De ahí vienen Los Tres.

-Diez segundos- dijo Therion

-¡Atentos! Thadaeus, ¿mediciones?

-Nada. Todo tranquilo… ¡Esperen! Hay algo… El Detector Sing muestra actividad bajo la cúpula; ha durado una fracción de segundo. Están aquí.

Tres figuras aparecieron en la puerta principal. A la orden del comandante, las armas de plasma iluminaron la noche y los magos cayeron para no levantarse más.

En el suelo, frente a los cadáveres, yacían oro, incienso y mirra.

-Los hicimos rosca- concluyó sonriente Cacciatore.

El Satánico Dr. Iosephus

Aura tomó de la mano a Lisa mientras entraban al bar. Alrededor se escuchaba una voz que tarareaba I feel love una y otra vez. Parecía un sueño estridente: gente bailando, abrazándose, besándose, riendo.

- ¿Cómo vamos a encontrarla? – Dijo Lisa al oído de su novia lo más claro que pudo.
- No sé. Creo que trabaja en los vestuarios. – Le contestó.
- Vamos de una vez.
- Coyona…

Lisa sonrió y llevó a Aura a la pista de baile. La abrazó mientras esa tierna voz femenina seguía entrando en los cuerpos de las personas que bailaban: fallin´ free, you and me, I`ll get you, I feel love…

De pronto una muchacha con cabello color azul tocó su hombro. Le entregó un paquete a una de ellas, quien habilmente lo guardó en su pantalón.

- Mira, son nuevas. – Dijo la chica mostrando su escote.
- Ya decía yo. – Contestó Aura y la invitó a bailar con ellas.

En la entrada de La Sotana, Ana y Julia se miraban una a la otra, pensando si entregar un encendedor bonito sería un motivo suficiente para entrar a ese lugar.

Estoy muriendo…

Tengo miedo y lloro, han muerto casi todos. A mí alrededor todo es caos, gritos y dolor.
Sólo pienso en la oportunidad de volver el tiempo atrás, para esforzarme y conseguir que cada ser humano comprendiera lo que le hemos hecho a nuestro mundo; de la inconciencia que nos domina y que hoy nos arrebata la vida.

Algunos científicos dijeron hace algunos años que los deshielos empezarían en un lapso de +/- 100 años y que con esto veríamos llegar al desastre; pero al parecer sus pronósticos no fueron acertados y en la confianza de que así sería no hicimos nada para evitar nuestro propio Apocalipsis.

¿A quién culpar? Si de algún modo todos sin excepción incurrimos en el error y así como yo, todos están llorando, todos están aterrados, todos buscan una respuesta pero ya es tarde. Jamás volveremos a disfrutar de una puesta de sol ni de la brisa del mar, mucho menos de un cielo estrellado. Al parecer en nombre de la modernidad dejamos de apreciar las cosas simples, las sencillas, como toda la naturaleza y acabamos con todos los recursos con todo lo que era bueno para subsistir y que caro estamos pagando la vanidad. ¡Egoísmo puro!

Bajo mi espalda la tierra se sacude brutal, gimiendo, lanzando fuego de sus entrañas, en otros lados llora furiosa inundando cada rincón y en otras se consume desnuda por la sed. Nos está exigiendo su espacio y ha decidido por cuenta propia desaparecer a cada ser que le hizo daño. Tengo mucho miedo, las lágrimas corren por mi rostro, pero tengo que aceptar que nos equivocamos.

-Dios, tierra, prójimo, perdón por no haber entendido y peor aún por no haber corregido el camino a tiempo-.

El suelo cede debajo de mí, es mi fin. Adiós.

El primer tonto de tu vida quiero ser

La música salía estridente desde el interior de la cantina.

El Chivo se incorporó trabajosamente del suelo mientras que un parroquiano abría la cortina y pasaba tambaleante a su lado. A pesar del hambre y de la boca seca decidió no pedirle nada, a esas horas todos estaban bastante pedos e igual de jodidos que el, lo único que sacaría sería una mentada o una madriza. Lo mejor era irse al callejón, hacía mucho frío y no tardaban en empezar a pasar las patrullas. A sus sesenta años no quería pasar la noche enchiquerado. Recogió sus bolsas y comenzó a caminar.

La oscuridad del callejón le resultaba acogedora, después de todo era su casa. Al sentir su presencia un par de ratas salieron de entre las bolsas y huyeron despavoridas.

- ¡Orále!, a la chingada - Gritó con una mezcla de tristeza y jovialidad.

Estaba ya acomodado cuando en la penumbra escuchó un quejido. De la bolsa de su raída chaqueta sacó la desconchada navaja. Cauteloso se acercó al sitio donde provenían los ruidos.
Tirada en el piso sobre un charco cada vez más grande estaba la mujer, la sangre manaba al menos por una docena de heridas.

- ¡Chofy! ¿Qué te pasó? –
- El puto del Jarocho. Se me hace que después de todo no voy a ir a ningún lado - Respondió la mujer con una sonrisa.
- Deja te llevo a la Cruz pa que te compongan -
- No Chivito. Mejor vamos a quedarnos aquí un ratito -

Con su cabeza sobre las piernas le acarició el cada vez más rojo cabello mientras que moría lentamente. A lo lejos se escuchaba la misma canción por tercera o cuarta vez.

De cualquier modo yo te di mi corazón.

Del ejercicio 7: Cri-cri.

El Ratón Vaquero se defendía hablando en inglés. Había aprendido a hablarlo de su papá, que era un gringuito bastante lindo: ojos verdes, pies grandes, además de ser güerito… aunque, eso sí, un verdadero hijo de puta.

Michael Smith Sánchez se llamaba. Su mamá, la señora Sánchez, se había divorciado del gringo hidepú, como lo llamaba, cuando el pequeño tenía cuatro años, que para ese entonces ya hablaba los dos idiomas perfectamente. Por lo menos ya no tendría que aprenderlo en la escuela; a los niños eso se les dificulta bastante.

Ese día, Michael había roto unos vasos muy finos que Ángela María le había regalado el día de su cumpleaños, y la señora Sánchez estabe enfadada, así que lo había encerrado en su habitación para que se le quitara. El niño, que era muy berrinchudo, parecía olvidar todo lo que sabía de español cuando se encontraba en situaciones de estrés; la mujero no conocía ni jota de inglés (y el hidepú hablaba español, también, así que no habían tenido problema… por lo menos, no en cuanto al idioma).

Algunas horas después de que el chamacho terminará de dar alaridos en inglés, la señora entró tranquilamente en el cuarto. Y el niño ahí estaba, bien calladito, con los ojos y la boca muy abiertos y un alacrancito güero caminándole por el cuello. Sobra decir que la mujer comprendió lo importante que es aprender inglés.

A lo largo de mis años, nunca quise asistir a un funeral. Casi siempre fue por indiferencia, por no jugar al hipócrita con los allegados de un difunto cuyo deceso simplemente me tenía sin cuidado. Sin embargo, también hubo otros casos, muy pocos, en los cuales el dolor de perder a seres muy amados me hizo encerrarme en mi mismo. Nadie podría entender la magnitud de las penas que me embargaron entonces, y yo no tenía por qué explicarlo a nadie.

Pero, sin reparar nunca en ello, había un funeral al que no podría faltar de ninguna manera: el mío propio. Había escuchado historias acerca de personas que veían su propio funeral, lleno de parientes y amigos llorando, algunos más sinceros que otros. En contraste, mi sepelio fue poco concurrido. Caminé entre las personas, atento a escuchar sus conversaciones (ni muerto podía quitarme lo chismoso)

- ¡Este señor! Me cuentan que nunca asistió a ningún funeral en su vida. ¡Vaya insensible!
- Ya ve usted como lo paga. Ha venido muy poca gente a velarlo. Ni siquiera he visto a sus hijos. ¡Igualitos a su padre!

Sonreí y pensé que no podría estar mas de acuerdo con la doña. Dejé el chisme y me dirigí a disfrutar de aquellos cuya compañía era la más importante y que, como yo en ocasiones anteriores, decidieron guardarse de recibir condolencias.

Estaba en los baños cuando todo empezó, una mujer entró con sangre en la cara, diciendo cosas de zombies y muertos, no creíamos nada de lo que decía, pero uno de esos… monstruos entró, sujetó a la chava esa y la jaló hacia fuera, eso provocó la histeria en todas las demás, pero yo tomé el control, logré atrancar la puerta y encerrarnos del exterior, pasamos horas escuchando gritos de horror, además de ser inundados por una densa nube apestosa, hasta que finalmente fuimos rescatadas por los bomberos.

Mientras salíamos todavía con la peste en el aire, vimos como muchos barrenderos y personal de limpieza sacaba los cuerpos podridos y explotados de los zombies, además de que el SEMEFO sacaba, a las victimas de esa masacre, en bolsas negras, de esas que parecen de basura.

Caminábamos por un pasillo de acceso hacia la salida del estadio donde había sido el concierto, íbamos rodeadas de camillas y botes de basura, en las paredes había publicidad de los próximos eventos, tanto conciertos como partidos de futbol y cosas semejantes.

Uno de esos pósters llamo mi atención.
- Ah mira, ¡Paulina Rubio y Celso Piña en 15 días!

Detrás de mi escuché un grito lastimero, de un bote de basura salió la mitad de un zombie, cayendo sobre mi, me mordió un hombro.
- Ash, no aguantan nada, ¡¡yo solo decía!!

La veo a mi lado y respiro su aire, su delicioso olor, la serenidad cuando cierra sus ojos y el mundo entero cuando los abre, el alma que me esconde pero que me da paz si me deja pasar; aun recuerdo cuando pregunté su nombre, Atina, me dijo, y yo en mi mayor ignorancia ¡Cómo la ciudad griega! Sí, como esa, respondió.

Hay algo más allí, no me dejas saber qué es.

Tantas veces que asistí al yoga buscando serenidad y ni allí te pude encontrar, sólo banalidades jugando a la profundidad.

La vez que la vi, por primera vez, no sentí deseo en mi piel, no jugué con picardía, no puse a prueba la seducción, sólo sentí armonía y la seguridad de poder descansar, mi pulso disminuyó, ya no había necesidad, necesidad de nada; podía morir al instante sin sentir que lo iba a hacer.

Ojos de experiencia, de ecuanimidad, de sosiego… remanso es lo que encuentro cerca de ella, he cambiado lo sé, ¿Se podía? No lo que se piensa sino lo que se siente, lo que se creía era necesario, imperioso. Ya no me asalta la curiosidad de ver más allá de las paredes ajenas, no más nerviosismo en busca del placer.

A su lado desempolvo recuerdos, cuentos de mi infancia, vuelvo a aquel estado de protección total, de confianza, vuelvo a creer en trenes mágicos, en ángeles, veo magia donde antes no había, sueño, he vuelto a soñar, creo que ese es el mayor cambio.

No se cómo lo hace, por primera vez no ha habido piel de por medio, ni sudor, ni drama, sólo una taza de café y una larga conversación como hacía muchos años no tenía.

Mi vuelo de Connecticut a San Diego salía a las 12.25 pm, me había levantado tarde y para colmo, el estúpido de Bush, había decidido visitar la ciudad.

El tráfico era un desmadre, un caos, habían cerrado varias avenidas cercanas al aeropuerto. Llegamos a un reten, John pregunto que sucedía, a que se debía tanto alboroto.

-¨One asshole motherfucker decided to visit the city¨- le respondió el policía mientras mascaba algo que parecía goma de mascar.

Cuando pudimos llegar al aeropuerto, todo estaba abarrotado, vuelos retrasados, gente que no había podido tomar sus aviones, maldiciones aquí, maldiciones allá.

John se dio la vuelta y me dijo:

-Ok guy, this is where we split. Do not forget to send me an email as soon as you arrive. Ohh, I almost forgot. This is for you, and your friends.`- y sacó de su bolsa unas cajitas con el logo de la compañía.- Share and enjoy –

Las tomé y las coloque en mi maleta de mano.

Llegue a mi terminal, registre mi equipaje, tome mi maleta y me dirigí a la sala donde tomaría mi vuelo. Estaba retrasado ¡Maldito Bush!

Después de dos horas, nos permitieron subir al avión. Sin zapatos, sin reloj y sin cinto, puse mi maleta en el scanner. De pronto pitó algo y el agente me pregunto:

-Que llevas aquí?

-Nada, mis papeles……y unos regalos.

-Saque sus papeles, la maleta aquí se queda.

-Que? Por qué?

-No weapons allowed in the plane

-Armas, de que armas hablan?

Y saco un hermoso sacacorchos de la cajita.

Tuve que dejar mi maleta ahí, no pude subirla conmigo. Mientras la azafata me servía una soda con hielo, yo miraba desde la ventana del avión, el pequeño e insignificante Air Force One color verde moco.

-A tu salud, puto Bush de mierda.

23

Continuación de The Last Twilight.

Han pasado seis horas desde que el agujero brana los trajo de regreso a NGC-1300. Seis horas en las que el silencio ha sido la única constante.

Sitlvana con la cabeza hundida entre las manos sigue derramando lágrimas; Tridensky, acostado boca arriba se toma la parte superior de la nariz con una mano, la otra descansando sobre su vientre, mantiene los ojos cerrados. Raddax, manipulando la consola se ha sumido en cálculos innecesarios, comprobaciones de rutas, vías alternas, escenarios y condiciones para la llegada a T-Horto.

-¡Listo! Estoy harto de esta falsa nostalgia, ¿por qué sentirnos mal por un lugar en el que nunca pusimos un pie? Dejamos ese planeta hace nueve punto siete milenios-E, ni siquiera puedo pensar a cuantas generaciones equivale eso – dice Ebvre, representante del gobierno central encargado de supervisar la misión.

Todos lo miran, sin embargo, la expresión de cada uno es diferente: Tridensky parece molesto, Sitlvana es la ejemplificación física de la incredulidad, Raddax le dedica una mirada seria, inexpresiva.

-¡¿Qué?! Puede que nunca haya puesto un pie en ese lugar, pero ahí es donde nacimos, de ahí venimos, fue nuestra incubadora, ¿no entiendes lo importante que fue ese planeta para nuestra civilización? ¿Nunca te dieron ganas de haberlo visitado en sus momentos de mayor esplendor? – responde Sitlvana visiblemente ofendida.

-¿Visitarla? Hemos terraformado T-Horto perfectamente, tenemos absolutamente todo lo bueno que había en ese planeta en sus mejores momentos y nada de lo malo – dice Ebvre levantando la voz.

-¿Nada de lo malo? Aquí estamos, nosotros acabamos con ese planeta, si tuvimos que demolerlo fue por nuestra culpa, como raza, ¿o acaso…

-¡Silencio! – interrumpe Raddax con un grito, -hemos llegado, hora de abandonar la nave – dice un poco más tranquilo.

Uno a uno los integrantes de la tripulación salen de la semiesfera que los transportaba, la misión fue un éxito pero esta vez no hay aplausos, no hay alegría en el cumplimiento de esta tarea. La raza humana acaba de destruir la mayor prueba de su estupidez.

La enviada de Tlön estaba cansada pero satisfecha. Pronto regresaría a su hogar.

“Extermínalos. Sobre todo a uno que se llama controlzape. Ese escéptico execrable impide que platiquemos con Dios.”

Ejecutar esas instrucciones para que Tlön no fuera un páramo borgiano fue fácil al principio. Igual que con Carbonello, se hizo pasar por entrevistador de revista literaria y concertó una reunión a la que acudió la mayoría de los metatexteros. A los atolondrados de egos inflados era sencillos matarlos.

Las dificultades llegaron después. Había unos pocos a los que no interesaban las entrevistas. A esos hubo que seguirlos. Algunos, notablemente lúcidos, comprendieron quién era y antes de morir modificaron a Tlön. Beam convirtió en zombies a muchos de Tlön. Caníbal mandó una invasión de vacas voladoras que inundaron a Tlön de mierda. Rox, volteó todo de cabeza: invirtió los sexos de los tlönitas.

Por eso ahora tenía tetas y vagina pero su afán por cumplir sus instrucciones no había cambiado. Ya sólo quedaba uno y caminaba frente suyo por la calle.

- ¿Eres controlzape?

Controlzape se detuvo y la miró.

- Sí.
- ¿Es cierto que no crees en Dios?
- Lo que crea no importa. ¿Tienes evidencia de que existe?

La tlönita sacó su arma y disparó al pecho de controlzape.

- Toma tu evidencia.

Con extraña torpeza usó su comunicador.

- Terminé. Ya nadie influye en Tlön. Regrésenme a casa.
- No podemos.
- ¿Falta alguno?
- No. Pero con el último olvidamos mucho de lo que aprendimos, incluso a usar la máquina que te transportaría a Tlön. Ahora pensamos que un señor invisible proveerá de lo que haga falta. Ya le rezamos pero aún no responde. Ten fe.

La tlönita se percató de que controlzape aún no moría. Sonreía.

- ¿Qué es lo chistoso? – dijo enfurecida.
- Que yo tenía razón. Del otro lado no hay nadie – dijo controlzape antes de morir.

Chilaquiles podridos y crema rancia, únicos inquilinos del refrigerador; lo supe hace días al tratar, ingenuamente, de comer algo en esta pocilga. Mi cerebro, inerme ante el hambre, hizo la absurda deducción de que el tiempo podía haber mutado espontáneamente esos despojos en manjares. Y tenía razón, devoro las tortillas frías, aún no totalmente invadidas de moho, tragadas con lágrimas que caen por la cárcava formada bajo mis ojos por el llanto de la rabia.


Meditabundo, me sorprende el último recuerdo de mi padre: “¡Volverás!, ¡rogándome te acepte nuevamente!”. “¡Jamás!”, grite, largándome para siempre de esa casa de odios y miseria. ¡Por fin, libre y poderoso!, con el destino como herencia, arrancaría a la vida éxitos a mi antojo, el mundo era una confitería para mi exclusivo deleite.


No necesitabas ser un adelantado en el arte de la
quiromancia para adivinar mi futuro de desengaños y fracasos; el único que lo ignoraba era yo. “Eres fácil de emborucar”, frasecita con que mi adorable abuela me decía pendejo. Con los descalabros dudé de mi talento; ahora sé que no tengo ninguno, pero eso no impedía a los poderosos señoritos de la alta sociedad acceder a becas y honores. Una y otra vez, pasaron por encima de mis méritos esos bastardos afeminados.


Borracho y hambriento. Que sencillo es encontrar invitaciones para beber, pero imposible mendigar pan, sin sentir la bofetada infame de la vergüenza. Mi
lucidez sale de escena con afectada caravana al público de la última función del delirium tremens. Una libélula violeta revolotea entre lánguidas luces, con una sonrisa pletórica de colmillos. Tirado en el inmundo suelo, sujeto la botella de ron, productor del milagro de la alucinación tenaz, mi última compañera.


El
minutero avanza, y aquí, la nada devora la existencia de un poeta, espejo de un fantasma que pretendió atacar con polvo de hadas, las estúpidas conciencias de los monstruos sin alma, que se llaman a sí mismos “la gente decente”.

Ahí seguía, con el arma en sus manos, sudando frío del nerviosismo; toda la determinación que momentos antes tenía, se esfumó…

Ojos de Jesús, mírenme
Labios de Jesús, háblenme

Agachado en una esquina del campanario, ocultándose del padre Carmelo y de la gente que lo seguía, rezaba, y al mismo tiempo que cerraba sus ojos, deseando que al abrirlos viera a la persona por la que hacía esto. Para que le indicara el camino de la verdad…

Pies de Jesús, búsquenme
Manos de Jesús, bendíganme

Pero a la hora de la verdad flaqueó, -Señor, dame fuerza. Sé que todo esto es tu voluntad, que no debo permitir que sigan las iniquidades de Carmelo. Viniste y moriste por nosotros. ¡Cuán grande es tu amor, oh Señor! Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. Esa es tu palabra Señor, y no las injusticias, la impunidad, la corrupción…

Brazos de Jesús, abrácenme
Corazón de Jesús, ámame

Aún implorando aprobación, no podía sacarse de la cabeza sus actos, con los cuales consiguió ese instrumento de muerte. “No matarás, no mentirás, no robarás”, frases que retumbaban en su mente. Desesperado por no recibir respuesta, desconsolado por el pecado más grande, dudar de su fe. El llanto nació de sus ojos y murió en el suelo.

Ahora estaba dispuesto a abandonar su misión -No puedo hacer nada para purificar a la iglesia-, pero después de abrir sus ojos lo vio entre las sombras, una figura que estaba a la expectativa; era él, con su corona de espinas, con su túnica, con sus heridas. Con su señal de aprobación.

Y a la eterna gloria, llévame. Amén.

Restablecida su confianza, el diácono Aquiles tomó con firmeza el rifle de francotirador, apuntó al padre Carmelo. Su dedo índice tocaba suavemente y con seguridad el gatillo y…

Cerré la puerta tras él. Para ese momento todo mi cuerpo gritaba que me le fuera encima. Cosa innecesaria, pues apenas solté la perilla, sus manos aprisionaron mi rostro y me besó con vehemencia.

- ¿De qué son todas esas fotografías? -susurró mientras besaba mi cuello y me recorría por debajo de la bata.

- Strippers. Hago una selección para un calendario -dije mientras avanzábamos hechos nudo hacia el sillón.

- Fotógrafa, ¿eh? -dijo mientras le quitaba la camisa.

- Te interesaría posar para mí -pregunté mientras mi pelo mojado caía sobre su rostro.

- Suena bien, sólo que mañana tengo que viajar. Nos podemos ver más adelante ¿no?

Esas palabras verdaderamente fueron música para mis oídos. Sólo había un inconveniente. Tenía que entregar la selección final en dos días.

- Podemos tomarlas hoy, tus cosas están en la recámara.

- ¿Ahora? -respondió jadeando.

-No precisamente ahora -contesté en el momento en que me levantaba en vilo, me llevaba hacia la recámara y me tumbaba en la cama junto a la maleta. Me incorporé y lo jalé hacia mí. Giramos hasta que quedé sobre él. Tomé el sombrero de Indiana Jones de la maleta, lo sujeté con los dientes mientras poco a poco me quitaba la bata. Nos miramos a los ojos mientras me ponía el sobrero, él esculcaba a tientas la maleta buscando preservativos-

- ¿Te importa si pongo la cámara para hacer algunas tomas? -pregunté.

- En lo absoluto.

Completamente desnuda, coloqué el tripie y la cámara. Él me seguía con la mirada.

-Te sonará extraño -dijo- pero jamás había hecho algo así.

- ¿Así cómo? Con una cámara de por medio o con una perfecta desconocida.

- Sé cómo te llamas, dónde vives -dijo, mientras esbozaba esa sonrisa que me derretía de tantas formas- no eres una total desconocida. Termina ya con eso y ven acá.

Obedecí al instante. Sus manos se apoderaron de mis caderas, mientras caían sobre nosotros los primeros flashes. Cada sensación se multiplicaba con la luz. Entonces una nueva luz iluminó mi mente:

- Oye, ¿Indiana Jones tiene un látigo, no?

Es increíble que hallamos llegado hasta este punto, con el mundo lleno de zombis, pero no son como los de las leyendas y los videojuegos, no van por el mundo matando y comiendo, no hacen nada, absolutamente nada, ese el problema.

Entre el botox, yoga, comida orgánica y esa famosa vacuna, ya es imposible morir, pero eso no evita que el cuerpo llegue a un estado cual asíntota que nunca toca a la muerte.

El mundo se lleno los últimos 200 años de viejos con piel acartonada y seca, tan delgada que se ven los pocos músculos cubriendo los huesos. Primero cede la memoria, luego el habla y después las funciones motoras. Es una muerte en vida, bajo promesa de vida eterna.

Poco a poco las familias se han llenado de familiares que no mueren, pero no sirven para nada, antes eran uno o dos y un asilo era la respuesta temporal ante lo inevitable, ahora son 5 o 7, padres, tíos abuelos, tatarabuelos. Sanos y sin arrugas en la cara, pero atrapados en sus cuerpos.

Son pocos los que mueren en accidentes o por enfermedades, la mayoría están condenados a ser la eterna carga, no muertos, pero sin vida.

Mañana cumplo 145 años, fui de las primeras que obtuvo esta condición, aún conservo el movimientos de dos dedos y la conciencia de saber que esta no es vida, si mañana mi tataranieta se acobarda como ayer y y no desconecta mi respirador, yo misma lo haré.

Esta semana las instrucciónes son particularmente simples.

Los participantes deberán, en trescientas palabras o menos, escribir una continuación a cualquiera de los ejercicios anteriores (Cualquera de las tres temporadas valen).

En el caso de los nuevos agremiados, o de los que sólo hayan escrito un texto hasta el momento, deberán elegir algun ejercicio en el que no hayan participado y seguir las instrucciones de dicho ejercicio.

Tienen hasta las 23:30 (Hora del la Ciudad de México) del Jueves 1 de Mayo para entregar sus textos. Como siempre, serán publicados a partir de las cero horas del Viernes 2. Recuerden que hasta el cierre de este ejercicio los textos del ejercicio pasado pueden (y deben) seguir siendo comentados.