Ejercicio 16: Stamp

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Güey, ¡son un chingo!

Vienen todos vestidos de blanco y se ve que hay gente hasta dos cuadras más allá. Bueno, hasta ahí alcanzo a ver porque me tapan los árboles. ¡Uf! Hasta adelante van cinco señoras ya grandes, se miran chistosas con sus pants blancos aguados, ¡aaaaaah! los tenis Panam, güey ¡Panam! como los que usábamos en la primaria, de esos de pura tela blanca con una suela bien dura ¿te acuerdas?

¡Ay! Que ternurita con las señoras, no sé a quién se le ocurre traer esas camisetotas de Bugs Bunny, o sea, ¡es 2008 güey! Que risa, seguramente las sacaron del clóset de cosas arrumbadas. ¡Mmmm, así! ¿Crees que todavía vendan de esas cangureras? ¿O las han tenido ya desde hace mucho? Se me hace que las traen para que les tape la pancita, pero ni así eeeeh. ¡Uy! Traen una como bandera o no se qué es. Me recuerda a esos banderines de las escuelas que marchaban hasta adelante en los desfiles. También es blanca y en letras azules grandototas dice: “Comité Estatal para la Defensa de las Buenas Costumbres”. ¡Aaaah! Güey, nadie hace una manifestación a esta hora y en domingo. Aunque el cielo está muy lindo, de un azul hermoso y con cero nubes. Al rato no van a aguantar el calor estás doñas.

¡Uy que rico!  Todas las señoras se parece a tu abuelita güey. Quien sabe, a lo mejor todas las ruquitas son como iguales ¿no? Pelitos blancos y con chinos. De las cinco, nada más tres usan lentecitos, pero las otras dos traen viseras, jajaja, te digo que la gente tiene ya su atuendo cliché para todo. Este es como el típico para salir en domingo.

Bueno, levántate y asómate, ‘Ora te la chupo yo.

 Es un cuadro oscuro, totalmente, si no fuera por la figura que lo ocupa casi todo en su mayoría. Un gigante ya anciano, realmente viejo, de unos 70 años, con una fuerza jovial resultado de la desesperación y angustia del acto que lleva a cabo.

Es vigoroso y delgado, con una pose en semi cuclillas de frente a nosotros, podemos ver su cuerpo saliendo del lado derecho totalmente desnudo, con gran barba blanca, sucia y desparpajada, como una melena que le envuelve la cabeza cual león blanco.

 Podemos ver en su rostro una expresión de  locura mezclada con miedo, tiene grandes y vivos ojos que nos llenan de tristeza y angustia, unos ojos aterrados, aterrorizados, llenos de rabia, cubiertos de desesperación.

Mas abajo ,asido fuertemente del torso  por las dos manos del anciano, él cuerpo sanguinolento del tamaño de un hombre, ya sin vida, de espaldas a nosotros, sin la cabeza y el brazo derecho , el viejo gigante lo sostiene a la altura del pecho y trata con desesperación de arrancarle el otro brazo que ya esta dentro de su boca, a punta de tirones.  

 No obstante lo hace porque de ello depende su vida y su posición en el universo, lo hace porque es necesario para su supervivencia, no le importa que el hombrecillo sea producto del vientre de su esposa, carne de su carne, lo devora igual porque sabe que si lo deja con vida, algún día su hijo lo matara de una forma aun mas salvaje.

Así

Ella es bajita; los 160 centímetros parecen estar apenas alineados con su cabeza; pero su cuerpo está perfectamente proporcionado para esta longitud. Es más bien delgada, dudo que alcance los 50 Kg. Afortunadamente para todos, esos cincuenta kilogramos están divinamente distribuidos por todo su cuerpo. Aunque omite el gimnasio se ejercita con juegos deportivos. Su entallada ropa muestra una figura estilizada. Su abdomen tal vez no sea tan firme como una tabla, pero es plano y le da un toque de sensualidad. No tiene esos senos enormes que hacen la delicia de los hombres, pero son suficientemente apetecibles para que nadie los desaire. Para el que tenga la suerte de verla de espaldas, es su trasero el que se lleva las ovaciones. Redondo, firme y ligeramente levantado por esos pantalones de mezclilla que tan bien se ven en las mujeres.

No es para nada fea. Sin embargo, dista mucho del ideal de belleza femenina. Su atractiva cara nunca es apagada por retoques artificiales. Sus pequeños labios siempre rosas muestran su saludable estado. El acné, fácilmente disimulable bajo una base de maquillaje, se mantiene ahí como una muestra física de madurez. Aunque su ovalado rostro níveo es opacado por un sutil pero visible rastro de vello facial son sus profundos ojos cafés los que alejan la atención de cualquier defecto. Son estos ojos capaces de enamorar a cualquier infeliz que los vea, como una sima misteriosa que se abre y luego se cierra intempestivamente en su parpadear.

Su cabello es del color del azabache – como escribían nuestros antepasados – oscuro, brillante y muy lacio. No tan largo para ser una molestia en verano, pero no tan corto para oprobiar al sentido de la vista.

Ella es ciertamente perfecta. Al menos para mí. Y esa es la mejor descripción que puedo darte.

- ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué hasta aquí?-

Lo último que recuerdo es que caminaba en la oscuridad del parque de regreso a casa y de pronto…… nada.

Tirado sobre mis espaldas con las manos y las piernas atadas no puedo moverme, una herida de mal aspecto en mi costado derecho me produce un intenso dolor cuando trato de hacerlo, sus bordes amoratados se agitan al compás de mi respiración.

- ¿Dónde estoy? -

Las sucias bombillas que cuelgan del techo están  protegidas por cestas metálicas y proyectan una luz mortecina sobre lo que parece ser un túnel que se antoja interminable. Las desgastadas paredes de adoquín están cubiertas en tramos por un infecto limo de color pardo donde eventualmente se observan movimientos furtivos, aquí y allá se distinguen hongos blancuzcos y viscosos de apariencia venenosa. A mi lado corre lentamente el agua, turbia y de un color casi negro despide vapores de un hedor asfixiante, en ella flotan objetos de aspecto indefinible.

Algo se acerca. Una enorme rata viene hacia mí caminando con desconfianza, ocasionalmente se detiene y levantándose  sobre sus cuartos traseros olisquea el aire; sus ojillos, negros como dos gotas de aceite no me pierden de vista.

Me agito furiosamente para tratar de alejarla pero el dolor me obliga a detenerme, la sangre comienza a manar abundantemente por la herida

Ella permanece a distancia, con aspecto severo parece analizar la situación.

Me siento cada vez más débil, mi visión se hace borrosa, lo último que atino a pensar es como se sentirá su áspero y húmedo pelaje al contacto con mi piel y sus amarillentos dientecillos hundiéndose en mi carne.

¡No pierda de vista la mano izquierda del campeón! Apagué la tele sabiendo que los pasos necios en la escalera eran los de él. El campeón. El cabrón. Asestó una patada en la puerta y la abrió para emerger de las sombras con la misma cara de hijo de puta de siempre, la mochila de viaje colgando del hombro y el cinturón de campeón del mundo en la mano izquierda, brilloso, apantallante. No dudó mucho en azotar ambos objetos en el sillón de la entrada, se miró al espejo de refilón y gimió mientras se acarició el pómulo roto que le dejó el bofes en la pelea de hace un par de horas. Yo ya me he acostumbrado al sexo golpeado, al amor apache, así que me bañé desde antes que me lo pidiera y luego me puse en cuatro sobre la cama. Allí se dejó venir, como siempre, con ese miembro ardiente que suele depositar en el agujero equivocado, y yo esperando el primer trancazo en la espalda y el jalón de pelo hacia atrás mientras me cabalga como siempre. Yo esperando todo lo de siempre, si. Él sorbió el vaso de vino sin notar el polvito blanco que se deshacía debajo, burbujeante. Esta pelea la iba a ganar yo…

Unos ojos increíblemente brillantes y profundos son lo primero que llama la atención de la fotografía, la joven mujer dueña de esa hipnotizante mirada voltea levemente hacia la derecha desde donde la cámara capta solamente su cara y una pared clara al fondo, el color no se puede determinar puesto que el efecto sepia nos intercambia la fidelidad del color por un sentimiento de añoranza. La luz que llega de frente, probablemente proveniente de una ventana cercana, ilumina su tez blanca y difumina la diferencia entre sus pómulos y una nariz perfecta. Una sonrisa discreta enmarcada por unos labios rosas contagian de alegría a cualquier afortunado de admirar este espectáculo. El cabello oscuro y ondulado flota alrededor dejando entre ver un hombro y un pequeño tirante blanco.

¿Qué tiene de especial?

Son las cosas que no se ven las que convierten a un rostro bonito en una mujer hermosa, son los recuerdos de esos ojos derritiéndome, o de la satisfacción que se siente arrancar de su boca una carcajada que ilumina el cuarto entero, o cerrar los ojos y recordar su cabello olor a flores y a magia. Por eso decidí contártelo como lo veo yo y no enseñarte la foto necesitarías mis ojos para disfrutarlo completamente. Vuelve a leer esto imaginando a la mujer que amas y sabrás lo que intento decir.

Una tarde

La escena era contemplada por una pareja de ancianos con lágrimas en los ojos. Una pareja de niñas pequeñas jugando con su madre en el jardín de la vieja casa. La mayor de las niñas no podría tener más de 5 años, y su lacio cabello castaño le tapaba la cara, pues la diadema que debía detenerlo, había caído al piso hace mucho. La más pequeña había aprendido a caminar hace poco, se notaba por sus movimientos torpes, y su insistencia de hacerlo sin ayuda. La madre perseguía y hasta atrapar y derribar a cosquillas a la mayor, sin perder  de vista a la pequeña. Los gritos y las risas de la niña se oían por toda la calle, y los vecinos que pasaban por ahí no podían evitar voltear la vista y retomar su camino con una sonrisa.
El sol se estaba poniendo, así que los lentes oscuros de la madre ya no era necesarios para disimular sus los ojos rojos y llorosos. Ya no tendría que portar el suéter para cubrir los moretones provocados hace ya varios días por su esposo al golpearle los brazos con el viejo cinto destinado para los castigos. Hasta ayer había estado sometida a su voluntad, pero ahora intentaba  disfrutaba la tarde con sus hijas, al menos hasta que vinieran a buscarla a casa de sus padres, preguntando por la desaparición de él.
Esa hermosa casa de teja roja, y muros de tabique al clásico estilo colonial, con el hermoso jardín lleno de rosas y claveles fué y sería siempre su casa. El jardín sería la última morada de su esposo, y ella nunca se iria de ahí, no con ese secreto enterrado cerca del abeto.

Santiago

En una noche de brisa fría y cielos rojos, los relámpagos lejanos y mudos iluminaban el espacio.

Una música al aire libre, densa y opresiva, era la atmósfera impuesta para la ocasión.

Los pobladores se habían congregado a las afueras de la villa para ver el espectáculo, era el pueblo natal de Santiago del Valle y aunque siempre volvía para ensayar sus nuevos actos, la admiración por él sólo podría compararse con la de un niño de cinco años hacia su padre, cuando éste arregla su juguete favorito.

Se saboreaba la intranquilidad del ambiente, de repente, se encendieron unos reflectores para iluminar la aparente frágil figura de Santiago.

De gesto serio y concentrado, con la mirada como perdida en algún asunto que sólo él conoce. Levantó sus brazos y su cuerpo se estilizó más aun por el efecto de su traje gris plata.

Dio muestras de su elasticidad al lentamente deslizar sus manos por su cuerpo hasta tocar el suelo; colocó sus manos, una tras otra, sobre una delgada cuerda y se paró lentamente sobre ellas, con un misticismo asombrante.

Una vez equilibrado su cuerpo totalmente, subió la mano derecha quedando apoyado en la izquierda. Hizo un pequeño gesto y sus ayudantes comenzaron a subir la cuerda.

El auditorio presente seguía con atención cada movimiento; y al unísono contaban las marcas que cubría la soga al ser elevada… medio metro, un metro, metro y medio, dos metros…

Inesperadamente, Santiago colapsó y cayó al vacío, un sonido de asombro fue la primera reacción, pero al contacto del suelo, el asombro se hizo pánico y se oyeron gritos, siendo el más desgarrador -de esos que dejan ardiendo las entrañas- el de Serena, como siempre tras las butacas, viendo a su esposo tocar la gloria acrobática y caer, esta vez para esparcirse en pedazos rojos y gris plata, coágulos solidificados de un ser mágico.

No sé la hora exacta, todo es silencio. La penumbra se ilumina tenuemente desde los bordes de las cortinas donde relumbran las primicias de la mañana. Latas de cerveza sembradas aquí y allá y un camino húmedo, trazado sobre la alfombra recorriendo la distancia entre el cuarto de baño y la amplia cama, denuncian la euforia de la noche anterior. La transparente y estilizada botella de vodka, casi terminada, descansa inocente y mustia sobre la pequeña mesa de la anónima y sobria habitación. Su bolso y vestido negros ocupan una de las dos sillas, en la otra, tumbado desnudo, respiro tranquilamente tratando de no hacer ruido y de aminorar la taquicardia.

 Frente a mí, sobre la cama, ella duerme. Apenas siento su respiración tranquila y débil, como la de un cachorro. El cobertor bajo el que se esconde el cuerpo de la mujer más hermosa del mundo únicamente revela parte del rostro y una abundante mata de cabello rubio, derramándose como brillante cascada sobre sus hombros. Este rostro que sueña esta lejos de ser el de la mujer sabia, endurecida por el alcohol y el sufrimiento, que conocí la noche anterior. Quizás somos auténticos únicamente cuando soñamos. Con los párpados cerrados, ocultando sus profundos ojos azules, parece una niña inocente y tierna, un hada asustadiza y frágil que podría estrangular fácilmente con una sola mano si quisiera; pero no quiero.

 Levanto lentamente mis botas y pertenencias para vestirme en silencio.

 No la despierto, salgo dejándole algunos billetes extras. ¡Cuanta luz!, aun con gafas oscuras. El temblor en las manos y la garganta seca demandan atención, me encaminan hacia la primera cerveza del día. Tengo miedo, estoy confundido y paranoico. El viento helado corta el rostro y sonrío, soy el hombre más feliz del mundo. Quisiera haberle dejado más propina. No hay con que pagar el inmenso favor de ayudarnos a silenciar, por un instante, el terrible batir de alas del ángel de la muerte.

40 grados

El telediario advirtió 36 grados de temperatura máxima. Pero los autos del centro, el adoquín rojo del piso y el calor que pasa a través de sus alpargatas, le dicen que el sol castiga con mucho más. El aire juega con la tela de su vestido rosa y se le arrejunta al cuerpo, evidenciando aun más sus prominentes curvas. Los hombres le devoran las bien torneadas nalgas y le regalan una frase obscena que no tienen oportunidad de cumplir.

Es casi medio día y la gente camina sin gracia ni compostura. Incluso un retriever amarillo lo hace amodorrado. Patas arrastradas, lengua de fuera, baba cayendo. En el sopor de la plaza, el globero se refugia bajo la pequeña sombra de su mercancía. Un niño le pide un globo a su madre. -No, te voy a comprar una nieve- le contesta. El globero suspira y el niño sonríe a boca y ojos, pasándose la mano pequeñita por la frente y sien. Un rastro negro de sudor y mugre se dibuja en su cara.

Las torres amarillas de la catedral desafían el azul del cielo. No hay una sola nube, no hay en el mundo azul mas inmenso que aquél. Una larga fila de conductores impacientes se forma rápidamente en la avenida. Los peatones avanzan en manada a pasos rápidos, con caras molestas. Ella escuadriña compulsivamente esas caras apuradas, buscándole.

Vuelve a pasar el retriver, empapado y feliz. Seguramente se dio un chapuzón en aquella fuente francesa, junto al kiosco. El perro le sonríe, o al menos eso piensa ella. Buscando aliviar un poco el calor, se recoge el largo cabello negro con una pinza, dejando al descubierto aquel cuello escultural.

Sin saber de donde, le quitan la pinza y la cascada de su pelo negro cubre los hombros casi desnudos. Con una sonrisa y sin palabras, se comenzaron a besar. Besos largos, hambrientos, desvergonzados. Como si hubiera pasado una década desde la mañana que se dejaron sudorosas, extasiadas, felices.

-Te pusiste mis alpargatas- le recrimina la recién llegada con un guiño, mientras le acomoda el pelo por detrás de la oreja.

Durante el examen profesional de un aspirante:

- Ahora describe la escena del crimen. Apégate sólo a los hechos. Ahórrame tus impresiones – exigió el examinador.

El aspirante contempló la escena y comenzó.

- Un hombre prietísimo y gordo, treintañero, está sentado ante un plato de leche en la que flotan cherios sabor manzana y canela. Su cara está hundida en la leche. Un foco amarillento oscurecido por pintas de moscas ilumina al gordo y al escaso mobiliario consistente en la mesa, la silla y un librero polvoriento con más huecos que libros. El gordo viste un traje claro lustrado por el uso. Apesta. Sus esfínteres se aflojaron y se ha cagado encima. Además de la cuchara de la misma madera que el plato, sobre la mesa hay mechones de su cabello largo, oscuro y desordenado. Alguien lo tomó con firmeza de su hirsuta pelambrera para hundirle la jeta en el cereal con leche. Las pocas señales de lucha consisten en los intentos del gordo por incorporarse mientras se ahogaba. Son las marcas de las patas de la silla en el suelo de barro pintado y un zapato gastado del gordo que fue a parar al pie de la pared de la que cuelga la única decoración en la diminuta habitación: un poster de un hombre con la jeta hundida en un plato de cherios con la leyenda “te morirás por probarlos”.

- Ahora sí, dime el sentimiento más notable que tengas en este momento – pidió el examinador.

- Regocijo. Quedó mejor mi cuadro que el poster que cuelga en la pared – dijo el aspirante a cerealkiller.

- ¿Qué es?, no soy tan alto para verlo.

-Pues, parecen ser tres hombres, están en un callejón, cerca de un viejo bote de basura, uno de los hombres esta arrodillado y los otros dos lo flanquean, todos son de piel muy negra y ninguno tiene cabello, ni bello en el rostro, el que se encuentra arrodillado lleva ropas de granjero.

- ¿De granjero?

-Si tú sabes, overol de mezclilla, una camisa blanca de lana y unas viejas botas de trabajo. Tiene las manos en modo de suplica hacia los dos hombres de pie, parece asustado, en su rostro se puede ver el miedo, de sus ojos salen unas brillantes lagrimas que se deslizan por sus mejillas.

- ¿Y los hombres de pie cómo son?

- Esos que lo rodean visten uniformes azules, llevan botas negras de cuero, unos fajos de color café con muchas bolsitas, tienen aspecto de policías o de militares, llevan rifles en sus manos y apuntan al pobre hombre arrodillado, el de la izquierda apunta a hacia la cabeza del desdichado y el de la derecha le apunta al corazón. No parece haber ningún rastro de misericordia en sus serios semblantes, no parecen notar la suplica del hombre. Sin duda lo van a matar.

- Que lastima, mejor vámonos.

- Bueno…aguarda un momento, tras los tres sujetos, en la pared de ladrillos hay un grafo que dice: “Vivimos unidos a un mundo sin piedad”.

- Estoy de acuerdo.

- Vámonos pues.

Nota: Se que no es exactamente como lo pidieron, pero pues no pude dirigir la creatividad XD jeje.

Espero que lo acepten.

Virtual

La idea es para morirse. Un cuarto oscuro, un par de almohadas en forzada retirada del colchón, un cobertor en el suelo, una sábana hecha rollito a los pies de la cama, un foco con sed, tu cuerpo desnudo, tus ojos cerrados, tu silueta dibujándose perfecta ante los ojos de alguien más. La idea es para morirse. Tus labios mojados, tus pechos erguidos, tu cadera ansiosa, un vaso de agua sin fe, un blues apagado, la pared vouyerista, el techo de la habitación hastiado de tanto vacío que ve, tus manos atadas a una firma, tu voz desperdiciada en un te amo sin convicción, tu mente volando, y sus besos, acechando de nuevo desde el trono perdido del sol. La idea es para morirse. Un espejo a tu lado, tu alma tendida, tu humedad suspirando, y del otro lado, mis dedos, rezongando letras, mi ropa tirada, tu imagen en la pantalla, y estas ganas atravesando el espacio, hiriéndole el corazón a la nada…

Es impresionante. Lo juro. ¡Qué lindas piernas! Tan tersas…

Estoy tan cerca de ti que se notan bien los poros de tu piel y la blancura de la misma me deslumbra. En serio. Me encantan tus caderas, pero me matan tus piernas.

Entrecruzadas, las observo por partes, mi mirada va hacia arriba, lentamente. Desde tus pequeños pies subo la vista poco a poco, como con flojera. Siempre me han gustado tus pantorrillas, ¿te acuerdas? te dan cosquillas cuando te doy pequeñas mordiditas ahí. A ver, déjame intentarlo, ¿si?… mi recorrido supera apenas las tenues arrugas de tus rodillas, jajaja y cuando te digo esto flexionas las piernas para que desaparezcan esos pequeños surcos. Elevas la izquierda y la colocas lentamente, con coquetería sobre mi hombro. ¿Desde cuando guiñas ese ojo con tanta picardía? Veo que en la rodilla tienes una pequeña cicatriz en forma de media luna ¿eras muy traviesa de niña? Apuesto que ahora lo eres más. ¡Demuéstramelo! Pero todavía no…

¡No había visto antes este lunar! Aquí abajo, ¡mira! Parece signo de interrogación, ¿no crees? Bueno, está en un lugar que sólo tu y yo conocemos, así queda sólo entre nosotros, mi amor… Déjame besarlo también.

Y, ¿si sigo besándote toda?

Deja subo, más arriba… poco a poco. Ya vi que entrecierras los ojos y te acomodas un poco para que yo siga recorriéndote, o ¿Es para que pueda admirarte mejor? Deja subo, ya falta poco… ¡ten paciencia!

¿Qué es esto? ¡No me chingues!

Hacia abajo, en lugares donde el agua es poco profunda y nítida, es posible ver piedras, miles de millones de piedras: pequeñas, grandes, redondeadas, filosas, en colores que van del gris brillante al negro, pasando por aquellas raras, de extraños minerales que les dan tonos rojizos o azules que reposan en su cama de fango y arena. En lugares donde el agua es más profunda y se vuelve insensiblemente turbia, agua marrón que todo lo envuelve, no se sabe si se está a poca distancia de una superficie salvadora o si ahí debajo se extiende un inmenso abismo.

Ahí donde el haz de luz halógena alcanza a iluminar las paredes, se constatan las batallas milenarias en las que la fuerza del agua, a través de millones de impactos con las mismas piedras que ves, ha creado ese inmenso espacio.

Las paredes, que en algunas de sus partes han sido acariciadas por el agua se desliza moldeando caprichosas formas, en algun momento se convierten en techo, guarida de murciélagos, arañas y demás insectos, que se guarecen en las amenazantes construcciones que de no ser por la luz, jamás sabrías que están sobre tu cabeza. 

Hacia atrás el paisaje es conocido, hacia adelante el paísaje promete siempre sorpresas. Además considera que no hay nadie más en muchos, muchos kilómetros…

 Ahí dentro no hay día ni luz ni sol, sólo existe la inmensa y negra noche.

Si no hubiera sido por todo el bullicio que hay en una estación de metro, de seguro podríamos haber escuchado su respiración. Tratada de controlarse los mas posible , pero su emoción era demasiada, a nadie le cabe tanto en el pecho. Podríamos jurar que el hombre estaba a punto de echarse a las vías de tren, pero ese pensamiento estaba muy alejado a la realidad, lo que ahora quería es que le alcanzara la vida lo mas que se pudiera. Por un momento despego los ojos del túnel para verse a si mismo, se rió un poco al darse cuenta que traía un zapato diferente, que su pantalón estaba un poco roto, que había olvidado el cinturón y que los botones de su camisa estaban mal abrochados. Cualquiera hubiera pensado que estaba loco o tomado.

Sintió que le dolía la mano de tanto apretar el papel en donde estaba la confirmación de su cita, lo volvió a releer para asegurarse por centésima vez que estaba en el lugar correcto, cobro conciencia de su aspecto, se acaricio el mentón y sintió su barba crecida, maldijo su falta de cuidado con ese detalle. Pronto oyó el tren que se acercaba, se le cerro la garganta y estaba a punto de llorar, sentía que la emoción de cinco años de ausencia se le venían encima, temblaba irremediablemente y el corazón se le iba a salir.

No pudo moverse cuando se abrieron las puertas del tren, no pudo dar paso de la emoción que significaba por fin verla. Tampoco pudo moverse treinta minutos después cuando la estación se vació y ella jamás apareció. La desolación jamás tuvo a un representante mejor.

Ya, no te agüites, al cabo que con esto vamos a hacer una lanota, deveras. Podremos irnos pa’ Tijuana y de ahí cruzar pa’ los Estados Unidos, allá tengo una tía que segurito nos da en qué trabajar y dónde dormir. Pero ya, no te agüites, te digo que de aquí sacamos, mínimo, pa’l camión… mira: tomé la foto justo en el momento en que se quebraba la pata de la cama, se ve re-chistosa con el colchón todo inclinado y tu padrino casi cayéndose. Tu mamá salió bien greñudota y con unos ojotes que parecen de búho espantado, viendo derechito a la cámara, jajaja. Apenas se alcanzó a tapar las bubis con la sábana, pero se le ve todo el cucarachón que ni siquiera se rasura… chale, qué asco. Tu padrino sí se tapó todo el asunto, pero p’s ni modo que le haga al micki, si se adivina re-clarito lo que estaban haciendo.
¡Yaaaaa, que no te agüites! y ni empieces a chillar que con esta foto vamos a sobornar a tu jefa y a tu padrino, al cabo él sí tiene harta lana. Los voy a amenazar con subirla al interné, me cae.
Oye, mira: tu mamá tiene várices en las piernas, jajaja… y estrías en la panza, jajajajajaja. Al que no le veo nada raro es al padrino, si hasta los músculos se le notan; es porque va al yim.
Ya, no llores, si quieres les borro las caras cuando las meta al fotolog, p’s aunque sea pa’ que tus compas no sepan quién es la vieja, aunque a lo mejor el de la tienda la reconoce por los lunares…
Bueno, ya estuvo mujer… ya… ya… no me gusta ver llorar esos ojitos tan bonitos.
Oye, ¿sabías que tienes los ojos igualitos a los de tu mamá? Mira la foto, si son idénticos.
Sí, sacaste los ojos de tu jefa… ¡y la nariz de tu padrino!

Mirando hacia dentro se veía todo en orden: la cama tendida con la colcha color azul de flores rosadas y blancas que solía ser la favorita de mi hijo para ensuciarla del mismo lado. Se veía la pequeña mancha, manitas de polvo, cerca de la almohada.

La lámpara encendida le daba un aire extraño a la poca luz que entraba por la ventana. Era media tarde y la oscuridad venía en camino, con calma… para anochecer despacio. El libro de mi esposa seguía en la mesita de noche con sus anteojos sobre el. No pude evitar imaginarla como siempre la miraba al llegar: recostada sobre las almohadas con un aire intelectual e indiferente al exterior, con su alma intrigada metida en sus letras, completamente tranquila.

El paisaje boscoso distante y nostálgico colgado en la pared me pareció por primera vez parte de la habitación. Observé la alfombra verde y mis zapatos perfectamente acomodados bajo la cama. Nada estaba fuera de su lugar: los objetos, las rutinas, el silencio.

Están hablando, casi se besan de lo cerca que están sus rostros; sus manos se han encontrado hace apenas un instante. Ella baja la cabeza y murmura algo que él parece no entender, o entender y negar que lo entiende, como si quisiera con un gesto de indiferencia espantar ese murmullo como quien bate las manos para ahuyentar un bicho. Ha llegado el mesero; todos usan una especie de falda atada a la cintura, con bolsillos grandes y camisa blanca de anchas solapas. Pone en la mesa dos copas altas y gordas, una parece cerveza, la otra no sé que es, tal vez gin tonic; seguro es un coctel. El aviso parpadeante cubre de un velo amarillento el rostro de ella cuando se prende. Lleva una gorra calada de medio lado y el cabello escurre por los costados hasta sus hombros, la blusa negra prefigura un torso firme, delgado pero firme que ahora se rodea con sus propios brazos, cubriéndola de algún viento. Ahora están separados. La mirada de él se ha clavado en el reflejo de ella en el ventanal. Los ojos parecen brillarles, pero en las noches así, en las discotecas o bares, a todos nos brillan los ojos un poco más. Ella recoge su bolso y lo acomoda. Él la mira de nuevo y gesticula agresivamente, sacude las manos, apaga el cigarrillo de golpe contra el cenicero de barro. Las bebidas han bajado lentamente. Ella se incorpora y se acerca a él de pie, se inclina y besa su mejilla y sus labios. Camina vigorosamente por el pasillo flanqueado de mesas redondas de madera con ceniceros de barro, llega al portal y lo cruza sin volver la mirada hacia los ojos del que aún esperaba esa mirada del adiós, esa leve sospecha de esperanza de volverla ver.

 

Paseando por el boulevard una noche,  Yani se abraza a  la espalda de su marido y le dice, ¿Sientes?

 

¿Qué?  - preguntó desconcertado.

 

- Cierra tus ojos por favor y respira hondo.

 

Siente el olor del mar y la mezcla exquisita de coco y sal,  la suave brisa que acaricia tu rostro y el sonido que el vaivén de las olas produce al llegar a la orilla.

 

Escucha los sonidos cargados de armonías que vienen de lejos y deja que atrapen tus sentidos; levanta los brazos, deja que el calor recorra tu cuerpo y muévete al son de sus notas.

 

Percibe las risas que vienen en el viento y el eco que producen los fuegos  artificiales al caer como lluvia sobre las oscuras aguas del mar y que llenan de luz y energía la noche.

 

Todas estas sensaciones maravillosas que se sienten hoy, son las que hay siempre en mi corazón y que vibran por ti.

 

Imagina ahora que aquí no hay nadie más que nosotros y la inmensa luna llena. Ella se convierte en cómplice, nos ilumina con su brillo y extasiada sigue el camino de fuego que dejan mis manos y mis labios sobre tu piel.   Tú quieres más, pides más,  pero aún no es tiempo; por eso tomas mi boca como un sediento y bebes de ella mientras que tus manos buscan ansiosas el centro que guarda la pasión que arde en mí. Me encuentras, me sientes y la humedad te invita a entrar. Cabalgas como un corcel furioso, ansioso y gritando mi nombre, me haces  gozar aferrada a tú espalda ¡Qué placer, que delicia!  Y estando así, juntos los dos no existe nada mejor.

 

- ¡Wow, amor!  ¿Qué hacemos aquí? Vayamos a hacer realidad lo que me has descrito tan vívidamente.

Una vez más en Metatextos realizaremos un ejercicio clásico que se quedó rezagado en semanas anteriores.

La comunidad metatextual deberá en 300 palabras o menos realizar una estampa, es decir, un texto construido de tal manera que cree en el lector una imagen mental precisa. Piensen en su lector como un ciego parado frente a una ventana o frente a un cuadro. Describan para él lo que hay frente a ustedes.

Tienen hasta las 23:30 (hora de México) del Jueves 26 de Junio para entregar sus textos. Como siempre, serán publicados a partir de las cero horas del viernes 27.

Recuerden que para agilizar el proceso de publicación y asegurar que su texto aparezca deben marcar la categoría correspondiente y mandarlo a revisión.
También recuerden que los textos del ejercicio pasado pueden seguir siendo comentados.
Suerte.

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Una vez, más, por problemas de logística la fecha límite de este ejercicio se aplazará veinticuatro horas. es decir que los participantes tienen ahora hasta las 23 30 horas del VIERNES 27 y los ejercicios serán publicados a partir de las CERO horas del Sábado.

Les sugiero aprovechen el tiempo extra.