Falsas Imputaciones
El mundo vivió libre de demonios durante el primer milenio de la era cristiana. Al salir después de su encierro forzado, los demonios se dieron cuenta que el mal era algo inherente a la conciencia humana. Nunca, ni antes de su encierro, hubo necesidad de seducirlos.
Los humanos sin embargo, se justificaron como lo habían hecho desde su creación. “La serpiente me engañó” dijeron continuamente.
De esta manera, Satanás fue condenado al fuego eterno de las falsas imputaciones. Después de un largo autoexilio, y sin poder apegarse al dogma universal cunctus divinus propositum, el diablo murió de aburrimiento.
La Voz
-La voz, la voz es mi conciencia. Pero a veces me pide hacer cosas contra mi voluntad doctor.
El psiquiatra sostenía sin fuerza un bolígrafo y permanecía inmutable con la mirada puesta en la nada. Encima del escritorio, el expediente todavía en blanco de aquel paciente que una hora antes había aparecido por primera vez en su consultorio, asomaba una hoja bajo la mano inerte del galeno, y sobre la cual había escrito sus últimas palabras: Esquizofrénico paranoide.
Limpiador de Conciencias
-Padre, acúsome de haber caído una vez más. Mi conciencia me traiciona.
-Arrepiéntete y ve en paz hijo mío.
-¿A la misma hora la próxima semana Padre? Esto de la confesión es la neta.
Voluntad
Sentada detrás de su escritorio, con un mohín febril y cansado, le daba vuelta a una pequeña llave entre sus dedos.
-Señora. La estamos esperando - dijo el secretario.
Hacía tan solo unos meses que había ocupado el puesto en la vicepresidencia. Y ahora, después de la muerte del presidente, la responsabilidad de la nación recaía sobre sus hombros.
-¿Que hubieras hecho tu en mi lugar John? - masculló sin ser oída.
Pensativa, apoyó su barbilla sobre una de sus manos y recordó las palabras de su pastor: “Ora y escucha la voz del Señor en tu interior Sarah.”
Unos instantes después, la decisión volvió a su rostro. Abrió el cajón de su escritorio sujetando la llave con seguridad y sacó una carpeta que entregó al secretario. El secretario asintió con la cabeza sin decir nada y salió de la oficina.
-Hágase tu voluntad - dijo la presidenta suspirando mientras miraba al jardín por la ventana. Otra vez, nadie la escuchó.
Aquella mañana iniciaba con la detonación de una bomba nuclear, la guerra que barrió dos terceras partes de la población mundial.
