La gloria y el infierno son ciudades vecinas, donde día a día millones de personas transitan sus calles. Nadie es ciudadano, todos estamos de paso. En cada una de ellas hay una avenida principal, larga como el cabello de la virgen más pura y estrecha como imagino que debe ser su cintura. Ambas avenidas están conectadas por un callejón, en donde trabaja Alí, el “aduanero”.
“Mi trabajo es cosa fácil” repite Alí cada que le preguntan a qué se dedica, “Sólo es cosa de verlos a los ojos y sabes hacia donde merecen ir, no creo ser injusto con nadie, sus ojos no pueden mentir y yo sé leerlos muy bien”.
La gloria y el infierno terminan siendo lo mismo: paz – guerra, amor – odio, esperanza – decepción, alegría - tristeza, extremos de la misma carretera. El halcón atraviesa sus cielos sin percatar la diferencia, planea encima de nosotros sin juzgarnos, sin decidir sobre nuestro futuro, él sólo disfruta del viento sobre sus plumas. Alí lo sabe, Alí conoce al halcón y día a día se va a dormir con la esperanza de despertar con el cuerpo alado para dejar de ser el verdugo de sus hermanos.

Siempre había querido partirle su madre a Ernesto Medel… Desde el nombre teníamos problemas, tan sudamericano, tan gran hijo de puta, según sobreviviente, según de muchos lugares, como los viajantes, como los que se apropian de lugares que no son suyos. Y este era mi lugar.