-¡Paredes! Ahora si se jodió.
-¡Maldición!- balbucea golpeando las barandas de la cama.
No podías sólo sufrir tu mugre vida. Tenías que desangrarte ¿verdad?
Estaba tranquila, hacía tiempo que no me veías, no me tocabas, me convertí en un fantasma, en algo insignificante y eso me dio paz, no más ojos hinchados ni prótesis dentales, era feliz.
No entiendo, me había acostumbrado a tu olor a vómito de borracho, sabía que lo hacías con otras, tus nudillos rotos me lo decían, pero no me importaba, ya no era a mí.
Me volví visible y no sé por qué ¡si esa noche ya habías gozado! No recuerdo imágenes sólo sensaciones: la puerta que azotaste, el golpe en la cara al caer, el peso de tu cuerpo amorfo y grasiento, el olor sofocante y nauseabundo, mezcla de sudor, alcohol y cigarrillo, la presión en el pecho, tu jadeo, las ganas de morirme porque sabía qué vendría, la fuerza, el ardor, dolor, si fueran sólo golpes y no la humillación de suplicar por cinco eternos minutos.
Después de tu segundo goce, para el cual ya había dejado de luchar -no hay forma que mi cuerpo pueda con tu peso y lo sabes- fuiste a dormir, satisfecho.
Compensas tus deficiencias con violencia y tu egoísmo no tiene límites, solo fui a lavarme la cara en la cocina pero temblando tomé las tijeras para despresar el pollo, sí, ésas que tanto usas cuando cocinas para tus amigos.
Aun dibujabas tu plenitud cuando te convertí en eunuco, despertaste aturdido de dolor y golpeando más fuerte que nunca, pero mi rabia era mayor, tomé lo que quedó en mis manos y comencé a destazarlo como habías hecho en mi interior por tantos años.
-¡Paredes!
-¡Se nos va, entró en paro!- gritó el médico.