Ella pasa desapercibida; por eso no repare su presencia las primeras clases. La empecé a notar por su puntual asistencia, excelentes participaciones y pasión por la lengua extranjera que aspirábamos llegar a dominar.
Su apariencia no es excepcional: estatura promedio, cabello negro y lacio, piel morena, ojos negros, unas llantitas en la cintura, glúteos y pechos planos. Ni fea ni bella. En clases es entusiasta, pero fuera de eso es reservada, difícil hacerla platicar de cosas nimias y ajenas a los estudios que realizábamos.
Nunca llamaría mi atención.
Dos semanas falté a las clases de kanji, lo hice para ponerme al corriente en las experiencias educativas correspondientes a mi carrera. Ahora estaba retrasado en escritura de japonés. El examen final estaba próximo y necesitaba estar al tiro. Confiaba en mi capacidad pero no en mi disciplina, por eso le pedí ayuda a ella.
Accedió a ayudarme, me cito el salón del centro de idiomas viernes en la noche. El Sensei confiaba en mí y mucho más en ella, por eso nos prestó las llaves.
Comenzamos y después de cierto tiempo algo cambió en ella. Su figura comenzó a tomar una forma esbelta, su cintura agarro una forma más estrecha hasta que las llantitas desaparecieron; sus glúteos se tornaron redondos, firmes y gloriosos; así como sus pechos que poco a poco fueron aumentando de volumen hasta que llegaron a la medida exacta de mis manos; todo su cuerpo, piel, cabello, ojos, labios, pestañas, todo se transformo, para formar parte del cuerpo de la mujer perfecta.
De pronto lo entendí, esa metamorfosis transcurrió mientras ella escribía con ese talento que la práctica le concedió; firmeza y delicadeza en los trazos, creando símbolos de proporciones perfectas, legibles y hermosas. Mi excitación rebasó los límites.
Ella terminó y se percató. ¿Qué ocurre? Me pregunta. Me acerco lentamente a ella, ya a su lado apenas soy capaz de susurrarle: Te deseo.
