“¡Quetzaaaaaaaaa! ¡Baja a desayunar!” Llega el grito hasta la habitación de Quetzalcóatl en el tercer piso. Abajo en la cocina su mamá y su abuela cocinan y discuten. Cocinar y discutir parece ser lo único que hacen y lo hacen todos los días.
“Ya vooooooy” grita desde el baño donde se deshace de la colilla de un cigarrito mañanero clandestino echándola al excusado. Todavía está chamaco y en serio cree que con eso es suficiente para engañar a Coatlicue, sin darse cuenta en su ímpetu adolescente que su cuarto apesta a cigarro.
Mezclados el aroma del café y de huevos con chorizo suben por las escaleras. Quetzalcóatl escucha ya las pisadas de Mixcóatl, se pone los tenis, encuentra sus Clorets y baja corriendo a la cocina antes que su padre.
Chihuacoátl mira en silencio a su nieto, mientras sopea una mantecada en atole de chocolate. Su intuición de mujer y su sabiduría de serpiente le confirman que un día Quetza dejaría de ser infantil para llevar orgulloso las plumas y conquistar un gran destino. Pero le es difícil creerlo al verlo, este escuincle desgarbado que tiene malas calificaciones y los fines de semana se emborracha con sus amigos escuchando música incomprensible.
Suena el timbre de la casa, es Chicomecóatl quien viene a dejar maíz y a llevarse en su automóvil a Tezcatlipoca, el hermano gemelo de Quetzalcóatl. Coatlicue le agradece amablemente el regalo y le informa, mientras se arregla la falda de serpientes que Tezca no tarda en bajar.
Como un torbellino enfurecido baja Tezcatlipoca y sin desayunar ni despedirse de su familia toma las llaves del coche de Chicomecóatl y ambos salen apurados de la casa. Aunque los dos hermanos van en la misma escuela, nunca le ofrecen a Quetzalcoátl llevarlo.
Mixcóatl se levanta para irse al trabajo. Quetzalcóatl se despide de su mamá y su abuela, se pone los audífonos para escuchar su Ipod y camina a la esquina para tomar el camión hacia la prepa 5.
