Tengo un frío tremendo y una sensación de miedo que van desde el esófago hasta la parte más infinita de mi sexo. Mis ideas, mis dudas, mi cuerpo erizado, todo esto que soy ahora se ha convertido en la punta del iceberg.
Mi consigna es no mirar más que hacia delante. [tal vez el movimiento es la consigna primordial]
En lontananza, veo la línea imaginaria del silencioso mar que nos separa. Debajo, en la transparencia veo la razón de todo esto: el iceberg en sí, el monstruo colosal que me sostiene. Mi desobediencia, desata su furia y empieza a extenderse sobre mí, cristalizándome por completo.
Mi misión es conservar la semilla, la esencia vital que armoniza la conciencia de todos los seres, que los pone en contacto consigo mismos. Y he fallado.
Antes de sucumbir, dentro de mi mente encapsulo con el poco calor que me queda, mi último recuerdo: la canción que escucho en mi mente.
Quedará para la posteridad, preservada en el hielo junto con mi cuerpo. Ella estará intacta, mi carne en cambio se ha corrompido.
En el futuro, espero, esa canción-semilla continuará avanzando por caminos no conocidos, fiel a su instinto, al impulso que la ha creado.
Abandono ese recuerdo, ese fragmento de conciencia y me des-enajeno.
Mientras el resto de mi conciencia se precipita hacia el universo, alcanzo a mirar en perspectiva el iceberg, la razón de todo esto y comprendo esa verdad colosal y transparente:
Todo, lo que he sido, lo que he vivido, lo que he sentido, TODO se desvanece.
Inexplicablemente, mientras me interno en la oscuridad absoluta, ya sin ninguna esperanza, comprendo mi soberbia y percibo nuevamente la melodía.
La semilla sigue ahí, transmitiendo con su lenguaje universal, ella sigue, ella permanece.
