Amor

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Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba mucho más delgado desde la última vez que le viera y en sus ojos se pintaba la tristeza de aquellos a quienes la vida les ha negado siempre un triunfo, una meta.

Le saludé como en los viejos tiempos. Desde sus ojos hundidos y vidriosos me devolvió el saludo y aunque su rostro y su cuerpo reflejaban el fracaso, su voz no había cambiado. Era fuerte, agradable y cargada de una energía que hacía que quien hablara con él dejara de sentir esa extraña sensación mezcla de pena y lástima. Su voz desmentía completamente lo que su humanidad reflejaba al mundo exterior y cuando empezó a hablar volví a percibir en mi interior todas aquellas que me hicieran amarle como jamás había amado a otro hombre.

Arturo fue mi gran amor y como toda adolescente me sentía cohibida ante aquel hombre que hablaba con tanta firmeza y tanta propiedad. Se que él se daba cuenta, pero Arturo era además el hombre más tímido que jamás conociera.

Conversamos un buen rato, de cosas banales, me narró su vida, las cosas que había hecho y las que había dejado de hacer. Y de pronto, sin más ni más lo soltó, así de improviso: — Siempre te amé, aún te sigo amando. ¿Lo sabías?

— Lo he sabido siempre, pero jamás te atreviste a decirme nada. — Respondí como una autómata.

El me miró pensativo y sonrió levemente. Luego, aspiró profundamente y con la voz más sosegada y serena que jamás escuché concluyó: — Un día fui a tu casa, quería casarme contigo y tenía intención de pedírtelo, sin embargo, — su mirada se entristeció infinitamente — llamé a la puerta varias veces, pero no encontré a nadie.

Esa tarde al verla luego de tantos años supe el porque de mi tristeza y mi soledad. Al partir de mi pueblo mi alma quedó partida. La soledad y la tristeza eran mis únicas compañeras, mis amigos fueron pocos en esos años y mis parejas menos aún. No me hallaba, mi desinterés por todo y todos era evidente, sin embargo parecía que sólo yo lo notaba y era que estaba incompleto.

Al principio no sabía que me ocurría, pero luego de un tiempo supe que me ocurría, su recuerdo empezó a dar vueltas en mi mente y mi corazón, no lo supe sino hasta ese momento, estaba enamorado de ella, de mi bella María Casquito y sólo después de aquel desamparo que me acompañaba a todas partes me daba cuenta.

Trabajé algunos años más en la ciudad, acumulé dinero y decidí partir de regreso a aquel caserío abandonado en la nada de mi querido llano para poder verla otra vez. Sin embargo, para mi desgracia ella ya no estaba, había muerto de una horrible enfermedad según me dijeron. ¿Qué iba a ser de mí si mi amada ya no estaba? Lo había dejado todo para regresar con ella y ahora no podría quererla nunca más. Esa noche lloré hasta que mi alma quedó seca.

Me levanté tarde, me tomé un café bien caliente, tanto que mis labios se llenaron de ampollas por las quemaduras. Salí y caminé, caminé y sin darme cuenta fui a parar en aquel campo donde tantas veces nos amamos. De pronto la vi y no podía creerlo no podía ser posible, estaba muerta, lo sabía, sin embargo, aquellos ojos dulces me regalaron todo lo que necesitaba. Era su hija, casi idéntica a ella, entonces supe que podía amarla como había amado a su madre.

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Nota del autor: En Venezuela y Colombia se conoce con el nombre de María Casquito a las burras jóvenes, también se les llama pollinas y en la mayoría de los casos sirven como elementos en la iniciación sexual de adolescentes en los campos y sabanas. Aquí pueden leer un poco más del asunto.

En Acarigua, ciudad cercana a mi ciudad natal, Guanare inclusive hay un museo llamado “La Casa de María Casquito”, fundado por Manuel Graterol Santander (a) Graterolacho donde se dan cita algunos de los burreros más conocidos del país, se cuentan sus historias y hasta fotografías de algunas de las burritas más bellas del país son expuestas al público. Lamentablemente no pude conseguir información en línea al respecto.