Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba mucho más delgado desde la última vez que le viera y en sus ojos se pintaba la tristeza de aquellos a quienes la vida les ha negado siempre un triunfo, una meta.
Le saludé como en los viejos tiempos. Desde sus ojos hundidos y vidriosos me devolvió el saludo y aunque su rostro y su cuerpo reflejaban el fracaso, su voz no había cambiado. Era fuerte, agradable y cargada de una energía que hacía que quien hablara con él dejara de sentir esa extraña sensación mezcla de pena y lástima. Su voz desmentía completamente lo que su humanidad reflejaba al mundo exterior y cuando empezó a hablar volví a percibir en mi interior todas aquellas que me hicieran amarle como jamás había amado a otro hombre.
Arturo fue mi gran amor y como toda adolescente me sentía cohibida ante aquel hombre que hablaba con tanta firmeza y tanta propiedad. Se que él se daba cuenta, pero Arturo era además el hombre más tímido que jamás conociera.
Conversamos un buen rato, de cosas banales, me narró su vida, las cosas que había hecho y las que había dejado de hacer. Y de pronto, sin más ni más lo soltó, así de improviso: — Siempre te amé, aún te sigo amando. ¿Lo sabías?
— Lo he sabido siempre, pero jamás te atreviste a decirme nada. — Respondí como una autómata.
El me miró pensativo y sonrió levemente. Luego, aspiró profundamente y con la voz más sosegada y serena que jamás escuché concluyó: — Un día fui a tu casa, quería casarme contigo y tenía intención de pedírtelo, sin embargo, — su mirada se entristeció infinitamente — llamé a la puerta varias veces, pero no encontré a nadie.
