– ¿Y ahora? ¿Se acabaron todos? – Preguntó el que parecía ser el líder. Uno de sus ojos colgaba sobre su mejilla.
El otro zombi le miró con rostro preocupado, en realidad con un pedazo de su rostro.
– No lo se – respondió un tercer zombi. – Tenemos varios días buscando, pero ya ni siquiera perros hay – agregó. – Nos hemos comido todos los cerebros que había. Hace ya dos meses se acabaron los humanos, aquellos que no comimos son ahora camaradas hambrientos – concluyó con tono afligido.
Luego de aquella conversación los tres zombis caminaron juntos sin decir palabra. Tenían hambre, mucha hambre y alimentarse sólo de cerebros era harto difícil, más aún en un planeta asolado por las radiaciones y la lluvia ácida.
El del ojo colgante se detuvo un momento. Los otros dos le imitaron con ojos interrogantes. El ojo se movió como un látigo y la mandíbula del zombi apretó el rostro partido de su compañero. De una dentellada terminó de desprender lo que quedaba de cara y hundió con furia el rostro en la cabeza del ahora agonizante zombi. Su boca buscaba ansiosa un trozo de masa encefálica por entre los pedazos de carne, músculos, los huesos crujían ante la descomunal fuerza del hambriento engendro.
Se detuvo de pronto y tosiendo sacó su rostro de entre el amasijo de sangre. Escupió y casi vomita debido a las arcadas.
– ¡Mierda!, ¡esto sabe a mierda! – gritó.
El otro zombi lo miró aún asombrado por lo ocurrido. Se inclinó sobre si mismo y estalló en llanto. Entre sollozos cubriendo su putrefacto rostro se le escuchó: – Estamos jodidos entonces, yo tenía la esperanza de alimentarme de ustedes.
– Si, estamos jodidos – concluyó el otro. Una lágrima resbaló desde el ojo colgante y calló sobre el suelo estéril.
