Coulrofilia

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-¿Te gusta reír?

-¿Crees que debo reírme de ti?

Aquel hombre de blanco cayó entonces en un mutismo repentino. Su respiración se ajó desde dentro mientras un vaho agrio, casi vomitivo, le intentaba trepar desde el estómago; a manera de respuesta. Alicia advirtió la dureza de sus palabras.

-Mejor ya no hagamos más preguntas, ¿quieres? Acércate por favor.

El hombre se mantuvo inmóvil. Humillado, su único deseo era abofetearla y salir de ahí. En sus puños, encallecidos por el contacto de la goma, las uñas empezaron a hincársele al punto de hacer brotar un insigne hilacho de sangre; la gota que cayó al piso provocó en Alicia un gesto de temor.

Justo antes de lanzarse a aporrearla, un sonido en su estómago detuvo su avance; el eco del hambre es irreductible. Alicia recobró la confianza y le ordenó que terminara de desnudarse y se aprestara.

El desabrochó su ropón y reveló un cuerpo albo, hinchado de parásitos, pero de canillas muy delgadas. Tenía su pene maquillado de blanco y el glande rojo como cereza. Se acuclilló sobre ella y la penetró.

Apenas Alicia sintió la incursión en su sexo rompió a carcajearse de manera inmunda; con risotadas obscenas y ocasionales escupitajos. Inmediatamente, ella comenzó a golpearlo con todas sus fuerzas, hasta que lo redujo a una masa temblorosa y lloriqueante.

Alicia se apartó, firmó un cheque que estaba sobre la mesilla de noche y salió del cuarto sin siquiera vestirse; traía la ropa bajo el brazo.

Antes de cerrar la puerta, volteó a mirar al tipo y pronunció:

-Eres la prueba de que la risa insulta, Payaso de porquería.