Ni siquiera un país falso se salva de la persecución religiosa. No es sorprendente cuando consideras que no hay manera de conseguir acuerdos cuando ideas diametralmente opuestas se encuentran. Particularmente cuando se habla de religión, política o fútbol.
Incluso en un país ficticio, la persecución, como instancia enfadosa y continua con quien se acosa a alguien puede provocar la resistencia activa o pasiva, o bien, la huida.
Los ortodoxos escogieron la última opción, pero, de haberles preguntado en el siglo catorce al respecto gran peligro correría tu integridad física si te atrevieras a usar la palabra “huida” para describir lo que ellos llaman una simple reubicación geográfica. Tiempo después, algunos ortodoxos que se aventuraron hacia el norte de las islas decidieron iniciar una nueva rama ortodoxa, lo cual los convirtió inmediatamente en heterodoxos, lo cual los ponía en riesgo de tener que reubicarse geográficamente otra vez, y como es bien sabido las mudanzas son abominables y más fácil les fue regresar a sus creencias originales que emprender camino.
Un heterodoxo joven e idealista propuso llevar a cabo, de ser necesario, un éxodo y documentarlo en un libro que relatara la salida de la isla, y la búsqueda de la Gran Tierra Heterodoxa. Con una documentación minuciosa podrían diseminar la conciencia de su unidad filosófica, cultural y religiosa. Su idea fue abucheada y desechada, no sólo por su falta de originalidad sino porque convertir a suficientes heterodoxos provocaría una nueva ortodoxia y para eso mejor ni hubieran caminado tanto de un lado al otro de la isla, aunque, hay que aceptarlo, el norte tiene mucho mejores playas que el montañoso sur y tan sólo los atardeceres hacia el mar valen la pena haber hecho el viaje.
El heterodoxo joven, no permitiendo vencerse ante el rechazo de su primera idea dedicó el resto de su vida al diseño de lo que luego sería un objeto emblemático de la cultura ortodoxa: los espejos de piedra.
