El Zarco

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YO estaba, como todos, ya en últimas de la revolución. Los jefes habíanse vuelto buitres y comido entre ellos y cada quién había de verse para sí mismo y por sus avances. No todos quisimos entrarle a la bola así, tan despatarradamente, pero lo que eran Demetrio y su vieja esa insoportable Pintada, “El Plateado” y Don Juan Manuel saqueaban y daban bulla tan meco que costaba faenas mantenernos secretos; sólo el Jolote se limitaba a obedecerme, trago por medio, por supuesto. Seguíamos la traza de la sierra más allá de los carranclanes para topar el convoy de Porfirio Díaz…….

ÉL conocía bien la fuente de su temor: Porfirio Díaz. Griffin le había contado, a la salida del Mesón Veracruzano y valiéndose de su invisibilidad, cómo el General Díaz reclutó científicos afamados de La Gran Exposición Parisina de 1900 para proveerse de fuerzas militares tecnológicamente capaces de retomar el país. También dijo haber presenciado al ingeniero Gustave Eiffel y al Dr. Viktor Frankenstein modificar el cuerpo de Díaz, complementándolo con maquinaria y armas; haciendo del General un monstruo mecanizado, muy alto y peligroso y tal vez, hasta inmatable.

Fue cosa de Artemio reunir al grupo. Al Zarco sólo tuvo que bajarlo de la horca y azuzar su cuerpo plateado hasta regresarle la vida; Don Juan Manuel venía huido por sus homicidios y a Juan Pérez Jolote simplemente se lo apeó del brazo. El General Demetrio Macías fue difícil de hallar así que primero tuvo que liarse de amores con la Pintada y luego de unos ungüentos en el rabo, convencerla de buscar a Su Generalito, allá en el monte.

La noche del ataque se planeó que Juan Manuel asesinara a los guardias sin tumulto alguno, Zarco inhabilitara las baterías enemigas y el Jolote, con la losa del Pípila, protegiera a Demetrio hasta posicionarlo a un disparo; certero sobre la cabeza de Díaz.

Esa noche, el General Macías, borracho a tutiplén, no pudo aguantar sus nervios y a media emboscada prorrumpió: -Arriba muchachos-…