Humor

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— ¿Sabes que le ocurrió? — Preguntó con voz queda la mujer junto a la oreja de su amiga.
— No tengo idea, parece ser que recibió un fuerte golpe en la base del estómago que le desprendió los órganos internos. — Respondió la otra y luego de una pausa agregó: — Bueno, eso fue lo que escuché.

Más allá, cerca del ataúd un hombre que parecía ebrio conversaba con tres más que reían por momentos.
— ¡Coño compadre, deje de estar diciendo esa vainas del difunto, mire que se puede molestar la familia!.
— Si cámara, tiene razón Gonzalo mi vale, ahí están los hijos, deje la jodedera.

El ebrio les miró desde sus vidriosos ojos y levantando su mano como queriendo detenerlos mientras asentía. Tomó aire y luego exclamó casi siseando: — Está bien mis estimados, está bien, no diré nada más. Pero luego no estén preguntando vainas —. Miró a su alrededor para percatarse de que todos le habían escuchado para luego concluir: — Están ustedes como viejas beatas, locos por conocer el chisme, pero dándose golpes de pecho.

— Hagamos una vaina — dijo un tercero — Vamos pá’fuera y ahí nos echa el cuento. No creo que al muerto le moleste que nos enteremos de cómo murió. Todos éramos sus amigos.

Los demás asintieron a las palabras del último, más por curiosidad que por otra cosa. Pero el borracho negó con la cabeza y luego dijo:
— No hay porque salir pá’ninguna parte mi llave, no es mucho lo que hay que decir. A mi compadre lo mataron de una patada.
— ¿De una patada? — preguntaron todos al unísono.
— De una patada namás. Se la dio la María Tacón, su querida burrita. Ustedes saben como era ese Ernesto con ese animal.

Esa noche, se recuerda en el pueblo como la noche de María Tacón. Vaya usted a saber porque.

– ¡Me niego rotundamente, no, no y no! – Una vena palpitaba en la frente del rey Serakin que ni siquiera su negra piel lograba ocultar.

Discutía el etíope con su colega Magalath, algo ya convertido en costumbre. Entre ambos, con mirada cansada, el viejo Galgalath escuchaba la reyerta. Suspiró hondo, parecían dos niños. El anciano les dejaba tranquilos hasta que las discusiones empezaban a tornarse violentas, sólo en ese momento les detenía. Serakin siguió con su perorata: – ¿Por qué he de ser yo quien entregue el oro? Pareceré un falto de modestia, un pedante pues. ¿Por qué no lo entregáis vos? ¡Claro sólo porque soy negro!
– Pensad lo que deseéis, ya esto lo hemos hablado en oportunidades anteriores y no pienso ceder un ápice ante vuestra necedad. No entregaréis el oro, no se diga más.
– ¡Sois un crápula, un tunante, un…!
– ¡Calma señores, no os dejéis llevar por la ira! – Interrumpió Galgalath, justo a tiempo para evitar un enfrentamiento que podría llegar a las manos.
– Hagamos algo, – prosiguió Galgalath – Dejadme a mi el oro, tu Serakin llevaréis el incienso y nuestro querido Magalath llevará la mirra. ¿Qué os parece?

Algunos días después, Serakin gritaba energúmeno: – ¡Ese maldito viejo se nos fue!
– Es vuestra culpa – respondió Magalath. – Si hubierais aceptado llevar el oro, el pícaro no nos habría estafado.
– ¿Pero que iba a saber yo que se trataba de uno de esos mercaderes judíos?
– Sois un idiota, ahora no hay nada que llevarle al niño.
– Que se joda el niño. Se me ocurre que podríamos ir donde el viejo Ya’akov, yo empeñaría mi corona y con eso tendríamos suficiente oro.
– No lo se, no lo se. Mañana supuestamente llega el verdadero Galgalath. – El rostro del rey estaba marcado por la preocupación, luego siguió: – ¡Vamos, que carajos, algo nos darán por esa lata!