— ¿Sabes que le ocurrió? — Preguntó con voz queda la mujer junto a la oreja de su amiga.
— No tengo idea, parece ser que recibió un fuerte golpe en la base del estómago que le desprendió los órganos internos. — Respondió la otra y luego de una pausa agregó: — Bueno, eso fue lo que escuché.
Más allá, cerca del ataúd un hombre que parecía ebrio conversaba con tres más que reían por momentos.
— ¡Coño compadre, deje de estar diciendo esa vainas del difunto, mire que se puede molestar la familia!.
— Si cámara, tiene razón Gonzalo mi vale, ahí están los hijos, deje la jodedera.
El ebrio les miró desde sus vidriosos ojos y levantando su mano como queriendo detenerlos mientras asentía. Tomó aire y luego exclamó casi siseando: — Está bien mis estimados, está bien, no diré nada más. Pero luego no estén preguntando vainas —. Miró a su alrededor para percatarse de que todos le habían escuchado para luego concluir: — Están ustedes como viejas beatas, locos por conocer el chisme, pero dándose golpes de pecho.
— Hagamos una vaina — dijo un tercero — Vamos pá’fuera y ahí nos echa el cuento. No creo que al muerto le moleste que nos enteremos de cómo murió. Todos éramos sus amigos.
Los demás asintieron a las palabras del último, más por curiosidad que por otra cosa. Pero el borracho negó con la cabeza y luego dijo:
— No hay porque salir pá’ninguna parte mi llave, no es mucho lo que hay que decir. A mi compadre lo mataron de una patada.
— ¿De una patada? — preguntaron todos al unísono.
— De una patada namás. Se la dio la María Tacón, su querida burrita. Ustedes saben como era ese Ernesto con ese animal.
Esa noche, se recuerda en el pueblo como la noche de María Tacón. Vaya usted a saber porque.
