insoportable levedad del ser

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Lo curioso del negocio funerario aquí, es la meticulosidad que lo caracteriza, siendo que cuando en otros lados o puntos fronterizos, uno se muere y ya, no hay más tu tía, aquí tal evento tiene una gran relevancia.

Pero en el hemisferio boreal la labor de planeación es más detallada que en el austral. En aquél, se puede ver a esos destellantes seres formando corrillos y discutiendo a grandes voces sus minuciosos planes: que si la corbata de seda del bisabuelo o la corona de acelgas para la cena, que si decorar las madreselvas con jitanjáforas o la procesión en carroza a las siete cincuenta y nueve de la tarde de dicho hemisferio, aunque los más excéntricos usan la hora de las estaciones espaciales y prefieren los domingos.

El origen de esta costumbre es ciertamente nebuloso, pero eso sí, desprovisto de toda mistificación innecesaria. Posiblemente provenga de ciertas aficiones intelectuales del Gran Maestre de La Enciclopedia (el mejor prosista de todos los tiempos según dijera el mejor prosista) y todo aquello se haya tergiversado en moda por seguir la costumbre de un pueblo más imaginario, si es que tal cosa es posible. Dicho pueblo postulaba el “cuidar de sí” (epiméleia heautoû) como la más fantástica y deliciosa de las ocupaciones vespertinas. Lo que verdaderamente los distingue de esa gran civilización, es el caracter completamente inútil de semejante tarea.

Más que otra cosa, lo que hacen es desvestir seductoramente el aburrimiento para ponerle el flamante traje del ocio y así, saborear con una gran sonrisa, un millon de planes y una inacabable montaña de guantes y calcetines por surcir, la eternidad que transparente y clara les aguarda.