Mierda

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Ahí seguía, con el arma en sus manos, sudando frío del nerviosismo; toda la determinación que momentos antes tenía, se esfumó…

Ojos de Jesús, mírenme
Labios de Jesús, háblenme

Agachado en una esquina del campanario, ocultándose del padre Carmelo y de la gente que lo seguía, rezaba, y al mismo tiempo que cerraba sus ojos, deseando que al abrirlos viera a la persona por la que hacía esto. Para que le indicara el camino de la verdad…

Pies de Jesús, búsquenme
Manos de Jesús, bendíganme

Pero a la hora de la verdad flaqueó, -Señor, dame fuerza. Sé que todo esto es tu voluntad, que no debo permitir que sigan las iniquidades de Carmelo. Viniste y moriste por nosotros. ¡Cuán grande es tu amor, oh Señor! Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. Esa es tu palabra Señor, y no las injusticias, la impunidad, la corrupción…

Brazos de Jesús, abrácenme
Corazón de Jesús, ámame

Aún implorando aprobación, no podía sacarse de la cabeza sus actos, con los cuales consiguió ese instrumento de muerte. “No matarás, no mentirás, no robarás”, frases que retumbaban en su mente. Desesperado por no recibir respuesta, desconsolado por el pecado más grande, dudar de su fe. El llanto nació de sus ojos y murió en el suelo.

Ahora estaba dispuesto a abandonar su misión -No puedo hacer nada para purificar a la iglesia-, pero después de abrir sus ojos lo vio entre las sombras, una figura que estaba a la expectativa; era él, con su corona de espinas, con su túnica, con sus heridas. Con su señal de aprobación.

Y a la eterna gloria, llévame. Amén.

Restablecida su confianza, el diácono Aquiles tomó con firmeza el rifle de francotirador, apuntó al padre Carmelo. Su dedo índice tocaba suavemente y con seguridad el gatillo y…