Sabía que de mis gusanos no habrán mariposas pero escuchar esto era mucho peor. Imaginaba algo diferente que estas frases de esa gente. Quería ver de nuevo todos mis mecheros perdidos, pensaba vivir otra vez cada momento de mi vida. La he convertido en una película que estaba planeando ver alguna vez más, pues me convertí en un dvix, me metí en un agujero estrecho, me aplasté y ahora tengo que oír en directo que se dice sobre mi existencia aquí, aunque no ahora. Y yo soñaba con el silencio. Y yo deseaba desaparecer desapercibido. Y yo no necesitaba sus comentarios. Y yo sabía que sí que me lo merecía. Y yo me sentía por fin natural. Como un trozo del universo cualquiera. Y ellos no hablaban de nada que fuera relacionado conmigo. Y a mí me daba igual. Y yo sola mente sentía que no me dejan ni morir sin participar en la puta sociedad. Y yo sólo había pedido que me dejen en paz. Y ellos no, decían que esto no se puede, decían que descanse en paz y no oían que ruido estaban produciendo. Y yo me dije a tomar por culo, que se joda lo normal y lo real y la vida entera, pues salí de repente de la tumba y pregunté al cura si no tiene un pitillo y él tenía y luego dije a una amiga que fumaba mucho después de mi muerte, no tienes fuego, A, yo tuvo que perder los mios en alguna parte, y ella tenía, y luego alquién gritó un vampiro, matadlo, un vampiro hay que eliminarlo y enterrar en seguida, un vampiro y yo dije y qué, joder, y me fui vivir una vida nocturna fuera de la sociedad y de la realidad y tal. Y me daba igual que no soy una mariposa. Y no tengo ni idea como se acabó aquel funeral mio, es que ya no estaba allí.
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– ¿Y ahora? ¿Se acabaron todos? – Preguntó el que parecía ser el líder. Uno de sus ojos colgaba sobre su mejilla.
El otro zombi le miró con rostro preocupado, en realidad con un pedazo de su rostro.
– No lo se – respondió un tercer zombi. – Tenemos varios días buscando, pero ya ni siquiera perros hay – agregó. – Nos hemos comido todos los cerebros que había. Hace ya dos meses se acabaron los humanos, aquellos que no comimos son ahora camaradas hambrientos – concluyó con tono afligido.
Luego de aquella conversación los tres zombis caminaron juntos sin decir palabra. Tenían hambre, mucha hambre y alimentarse sólo de cerebros era harto difícil, más aún en un planeta asolado por las radiaciones y la lluvia ácida.
El del ojo colgante se detuvo un momento. Los otros dos le imitaron con ojos interrogantes. El ojo se movió como un látigo y la mandíbula del zombi apretó el rostro partido de su compañero. De una dentellada terminó de desprender lo que quedaba de cara y hundió con furia el rostro en la cabeza del ahora agonizante zombi. Su boca buscaba ansiosa un trozo de masa encefálica por entre los pedazos de carne, músculos, los huesos crujían ante la descomunal fuerza del hambriento engendro.
Se detuvo de pronto y tosiendo sacó su rostro de entre el amasijo de sangre. Escupió y casi vomita debido a las arcadas.
– ¡Mierda!, ¡esto sabe a mierda! – gritó.
El otro zombi lo miró aún asombrado por lo ocurrido. Se inclinó sobre si mismo y estalló en llanto. Entre sollozos cubriendo su putrefacto rostro se le escuchó: – Estamos jodidos entonces, yo tenía la esperanza de alimentarme de ustedes.
– Si, estamos jodidos – concluyó el otro. Una lágrima resbaló desde el ojo colgante y calló sobre el suelo estéril.
