El señor Tlacuache dirige su negocio con peculiar soltura y altruismo. Se enorgullece de jamás haberle dicho no a un cliente, y es así que, pregonando por las calles, y a la menor tentativa, cambia, vende y compra por igual. Su filosofía es prístina: para cada anverso, un reverso. El sabe que una buena compra será una buena venta y como desconoce el concepto de una mala compra, su negocio sólo puede ir de bien en bien.
A veces le ofrecen chamacos malcriados; él acepta su suerte y paga a la comadrona cinco pesos duros por meterlos al costal. Algo adelante un sujeto pide diez pesos por su esposa regañona; él propone la misma tarifa que por comadres chismosas; paga cinco pesos, saca al niño del tambache y los pone a discutir mientras le siguen; ya sin tener que cargarlos. Así es un buen día del señor Tlacuache.
Cierta ocasión un tal señor Gabo pidió tres pesos pos su máquina de escribir. A fin de cuentas -dijo- ya ni la usa. El señor Tlacuache tanteó el enorme peso del trebejo ese y muy a su pesar, aceptó. Como en ese viaje el tiliche ese le desfondó un tambache, prefirió dejarlo en casa hasta tener un carretón.
Al señor Tlacuache lo comió la tentación. Juntó de sus papeles los que veía más limpios, y recordando sus vivencias, se sentó a tipear. Escribió tres libros, bastante gorditos y queriendo cambiarlos llegó a una editorial. Sus escritos se volvieron un suceso literario; el primero mereció referencias detalladas; el segundo, buenas críticas y entrevistas fatigosas; el tercero, así de plano, el premio nacional.
Cuando los ansiosos editores, pidieron a Don Tlacuache una cuarta entrega, el señor Tlacuache advirtió que ya no le quedaban historias ni ningún otro cachivache que contar. Sin embargo, tras pensarlo un poco, leerse unos libros y entender qué le pedían, atinó con la respuesta y aceptó. A la mañana siguiente se escuchó un pregón por las calles de ésta gran ciudad:
¡Cronopios que vendan!
¡Realismos usados!
¡Eternos borgeanos!
¡Quijotes molineros!
¡Cambio, vendo y compro por igual!
