Príapo

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Llamada.

Está sujeto a una reja al final de la calle. Se arquea, pero sin que ambas manos se suelten del barrote. Luego comienza a abrir las piernas para deponer mejor su peso. Libera la diestra y la extiende al máximo, equilibrándose de nuevo. Respira. La sensación de arcadas le inflama poco a poco el pecho; siente el asco avecindándose, la náusea, el vómito; la repulsión. Con los ojos lagrimeantes desliza el índice por la garganta, empuja su uña henchida de sebo, y al fin expulsa un líquido macilento que baña sus zapatos. Limpia su boca en la solapa del abrigo y continúa tambaleándose hasta el teléfono, sin enderezarse del todo.

Previo a la cabina telefónica hay un quiosco de periódicos. La vista de éste le estremece, pues no quiere pasar frente ahí. Sabe que no podrá soportarle la mirada; ni siquiera impresa en una revista. Pero necesita su ayuda y le avergüenza que no haya nadie más a quién recurrir. Sólo él no lo ha abandonado.

Unos bamboleos más y entonces lo ve; su único leal, un semidios del mundo antiguo: Príapo; el nuevo e indiscutible dios del porno, con su descomunal miembro. Por todo el puesto hay películas y revistas con su imagen, y con su claro epíteto: Thirty Inches Pleasure.

Ello lo asquea aún más. Ese ser era un semidios; ahora se exhibe como cualquier otro entretenimiento obsceno. Cierto, él es un nadie, pero ser el Dios del porno debe ser indigno también. Saber que la ayuda que pretende proviene de tan impúdico origen tampoco satisface.

Al llegar a la cabina descuelga la bocina y pide por la operadora. Da instrucciones a ésta para una llamada por cobrar a Los Angeles y espera. Su cuerpo tiembla mientras marcan, y al cabo de tres tonos se oye una voz en inglés por el auricular:

-Hello.

-¿Príapo?

-¡Papá! ¡Gracias a Zeus que estás vivo! ¿Dónde estás? ¿Quieres que vaya por tí?

-Hola hijo. No gracias, la verdad. Sólo necesito dinero, la verdad. Tu viejo padre Dioniso tiene sed.