– ¡Me niego rotundamente, no, no y no! – Una vena palpitaba en la frente del rey Serakin que ni siquiera su negra piel lograba ocultar.
Discutía el etíope con su colega Magalath, algo ya convertido en costumbre. Entre ambos, con mirada cansada, el viejo Galgalath escuchaba la reyerta. Suspiró hondo, parecían dos niños. El anciano les dejaba tranquilos hasta que las discusiones empezaban a tornarse violentas, sólo en ese momento les detenía. Serakin siguió con su perorata: – ¿Por qué he de ser yo quien entregue el oro? Pareceré un falto de modestia, un pedante pues. ¿Por qué no lo entregáis vos? ¡Claro sólo porque soy negro!
– Pensad lo que deseéis, ya esto lo hemos hablado en oportunidades anteriores y no pienso ceder un ápice ante vuestra necedad. No entregaréis el oro, no se diga más.
– ¡Sois un crápula, un tunante, un…!
– ¡Calma señores, no os dejéis llevar por la ira! – Interrumpió Galgalath, justo a tiempo para evitar un enfrentamiento que podría llegar a las manos.
– Hagamos algo, – prosiguió Galgalath – Dejadme a mi el oro, tu Serakin llevaréis el incienso y nuestro querido Magalath llevará la mirra. ¿Qué os parece?
Algunos días después, Serakin gritaba energúmeno: – ¡Ese maldito viejo se nos fue!
– Es vuestra culpa – respondió Magalath. – Si hubierais aceptado llevar el oro, el pícaro no nos habría estafado.
– ¿Pero que iba a saber yo que se trataba de uno de esos mercaderes judíos?
– Sois un idiota, ahora no hay nada que llevarle al niño.
– Que se joda el niño. Se me ocurre que podríamos ir donde el viejo Ya’akov, yo empeñaría mi corona y con eso tendríamos suficiente oro.
– No lo se, no lo se. Mañana supuestamente llega el verdadero Galgalath. – El rostro del rey estaba marcado por la preocupación, luego siguió: – ¡Vamos, que carajos, algo nos darán por esa lata!
