- Antes que nada, permítame felicitarlo. Su novela es, sin duda, un gran trabajo. Desde la primera página atrapa y fascina. Usa un lenguaje muy ameno, la incursión de palabras “ostentosas” le dan a la narración elegancia sin perder la amenidad. Los aforismos empleados, son bellísimos. El desarrollo de la trama está bien logrado, termina uno involucrándose con el protagonista y la psique del mismo. Le repito, buen trabajo.
“Pero hay un ligero inconveniente. Es totalmente inapropiado el uso de cierta palabra, en la segunda escena de amor, y por eso no podemos publicar su historia.
- Ok, ya esperaba esta reacción. Dígame, ¿si cambiara esa palabrilla por un eufemismo “apropiado” publicarían la novela?
- No habría problema.
- ¿Cree qué deba hacerlo?
- Sinceramente, no. Su novela es perfecta tal como está. Lamento enormemente que no pueda ser publicada, pero como funcionario, tengo la obligación de proteger a la comunidad de material dañino. Normalmente le pedimos al autor en turno que haga ligeros cambios en su obra, para que sea apta para todos.
- Lo que me dice es, que hará a un lado todo el contexto expuesto en más de 500 mil palabras, sólo por una. Una palabra que la “comunidad” determinó maligna.
- Su obra es muy buena, de lo mejor que he leído en mucho tiempo y es una pena que no deba salir a la luz. Cambiando esa “palabrita” sería aprobada sin dudarlo, pero sé como piensa, yo alguna vez fui escritor, y sé que no está dispuesto a alterar su obra.
- Me devuelve mi borrador.
- Fue destruido.
- ¿Qué?
- No se sienta mal, en compensación el gobierno le concede este cupón.
- ¡¿Sólo un kilo de tortillas?!… ¿Me lo cambia por uno de frijoles?
- Desafortunadamente hay escasez. La lucha en contra del Imperio Americano es ardua.
- Dos años de trabajo… por un kilo de tortillas… ¡La verga que!