Los dedos ágiles se movían con gráciles movimientos haciendo vibrar las cuerdas de la guitarra. La mujer de larga melena movía su cabeza acompasada con las notas que salían del instrumento en cascadas de armónicos sonidos. Su otra mano marcaba los trastes para varias los tonos y crear nuevas notas. Aquello era un espectáculo digno de ser escuchado.
Inclinada sobre si misma, sus ojos cerrados y su rostro cubierto casi en su totalidad por sus cabellos, no permitían saber que podía estar pasando por su mente. Sentada sobre un taburete de largas patas, una pierna cruzada sobre la otra, la mujer seguía tocando sin pausar un segundo.
Al principio, sólo ella era visible en el oscuro recinto, una luz blanca, brillante caía justo encima de la mujer convirtiéndola en el centro de un universo encerrado en aquella extraña melodía. A medida que las notas iban y venían más y más sonidos se integraban a la melodía. Monotonías electrónicas unas, acústicas otras se incorporaban e iban en crescendo embutiendo los sentidos creando una atmósfera casi hipnótica de cadencia inescrutable para los oídos no educados. Sincronizadas por manos invisibles, otras luces se encendían junto a los nuevos sonidos, otros tantos intérpretes aparecían entonces y todos sin excepción cubrían sus rostros con largas melenas.
Estuve ahí sin saber cuanto tiempo, escuchando extasiado. Parecía que nadie había a mi alrededor y nadie parecía existir para los que frente a mi tocaban aquella música. Sentí como me desconectaba lenta pero irremediablemente, ya no escuchaba la música ni sonido alguno, sólo era transportado quien sabe a donde o por quien. Sólo mi cuerpo percibía a través de vibraciones lo que antes fuera música y que ahora se transmutaba en un vehículo que me llevaba hacia un infinito desconocido, ¿la muerte? Jamás lo supe, sólo desperté.
