universo

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Phillippe vio sus sandalias flotar desde la costa, hasta trabarse entre unas matillas de hierba algo alejadas. Advirtió que a su derredor muchas cabañas mantenían las luces prendidas y caviló un poco sobre el ensimismamiento de sus vecinos y lo terco de su resistencia; en la tierra de sus orígenes nada había cambiado.

Phillippe desvistió entonces el resto de su cuerpo. Se libró de pantalones, el saco, corbata y camisa, inclusive su reloj. Su magra desnudez avivó el ulular del viento, a manera de una venia adeudada. Regresar hacia su lecho, sin ropa ni calzado, resultó fatigoso para un anciano como él; no en balde era reputado uno de los hombres más longevos. Phillippe se tendió sobre su camastro hecho de boñiga de elefante, tal como aquellos de su juventud, de amaestrador de circo. Su textura fresca y nudosa le penetró la memoria hasta enardecer casi todos sus recuerdos: el disparo en su mano, las infecciones de un principio, las camas de mierda y los elefantes, el agujero, la sal del mar, la carne negra, la carne blanca, su hijo.

El viejo sabía. Miró hacia las estrellas y esperó.

Primero empezó a verse una luz muy brillante. Pronto, este destello se multiplicó por cientos, iluminando los cielos y la superficie de mil mundos.

Phillippe, anciano, sintió miedo.

Su pecho se estremeció ante la vorágine de un terror acompasado. El viejo apartó la vista y cubrió su rostro con ambas manos. Su respiración se hizo ruidosa bajo el peso de sus palmas; la oquedad entre sus dedos se llenó de lágrimas.

Pasaron instantes hasta que un halo se filtrara por el orificio del disparo -jamás cerró cabalmente-. Escrutando ese vago resplandor, Phillippe reflexionó que el fin del tiempo sería más bien plácido; así que aprestó a afinar la vista a través del agujero en su mano. Descansó su diestra sobre el abdomen y contempló el espectáculo desde su insólita trinchera de carne.

Al final, colmado por una indulgente sensación de inexistencia, Phillippe dejó salir un último respiro, y se durmió.

Era como tener el universo entero en una mano…