Zombis

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Caminando, todo el día caminando.

Hace tiempo que no ve un ser humano vivo, las calles están casi desiertas, hay un cuerpo decapitado pudriéndose por aquí, uno allá y otro más adelante y cada ser con el que se topa lo ve como su comida.

Lleva días sin probar bocado, la lluvia lo ha ayudado a mitigar su sed pero no es suficiente, su cuerpo maltrecho lo hace cada vez más lento, pero no se detiene, tiene que encontrar alimento, algo que sacie su hambre y su sed y que lo provea de fuerza para continuar su camino.

Cruza calles, plazas, centros comerciales y otros lugares a pesar del peligro que representan, el hambre lo hace cada vez más temerario. Entra en una tienda pero el éxito parece eludirlo, sale de ella y el ya habitual silencio es interrumpido por un grito.

En medio de la desorientación que el hambre le provoca, logra ubicar el lugar y se apresura hacia él, se tambalea y cae por el cansancio extremo, se levanta con dificultad, su cuerpo está al límite pero no puede ignorar el grito.

Llega demasiado tarde.

Los restos de una joven están esparcidos por el lugar, la carne del torso fue arrancada a mordidas, los miembros parecen haber sido roídos y la cabeza no está en el sitio.

Busca con la vista pero no hay nada ni nadie, se acerca lentamente y empieza su festín, no probará carne viva pero esos despojos lo mantendrán unos días más hasta que encuentre otra víctima… o hasta que alguien lo decapite.

Ser un muerto vivo no es fácil.

Hambre

– ¿Y ahora? ¿Se acabaron todos? – Preguntó el que parecía ser el líder. Uno de sus ojos colgaba sobre su mejilla.

El otro zombi le miró con rostro preocupado, en realidad con un pedazo de su rostro.

– No lo se – respondió un tercer zombi. – Tenemos varios días buscando, pero ya ni siquiera perros hay – agregó. – Nos hemos comido todos los cerebros que había. Hace ya dos meses se acabaron los humanos, aquellos que no comimos son ahora camaradas hambrientos – concluyó con tono afligido.

Luego de aquella conversación los tres zombis caminaron juntos sin decir palabra. Tenían hambre, mucha hambre y alimentarse sólo de cerebros era harto difícil, más aún en un planeta asolado por las radiaciones y la lluvia ácida.

El del ojo colgante se detuvo un momento. Los otros dos le imitaron con ojos interrogantes. El ojo se movió como un látigo y la mandíbula del zombi apretó el rostro partido de su compañero. De una dentellada terminó de desprender lo que quedaba de cara y hundió con furia el rostro en la cabeza del ahora agonizante zombi. Su boca buscaba ansiosa un trozo de masa encefálica por entre los pedazos de carne, músculos, los huesos crujían ante la descomunal fuerza del hambriento engendro.

Se detuvo de pronto y tosiendo sacó su rostro de entre el amasijo de sangre. Escupió y casi vomita debido a las arcadas.

– ¡Mierda!, ¡esto sabe a mierda! – gritó.

El otro zombi lo miró aún asombrado por lo ocurrido. Se inclinó sobre si mismo y estalló en llanto. Entre sollozos cubriendo su putrefacto rostro se le escuchó: – Estamos jodidos entonces, yo tenía la esperanza de alimentarme de ustedes.

– Si, estamos jodidos – concluyó el otro. Una lágrima resbaló desde el ojo colgante y calló sobre el suelo estéril.

Mi vida, de muerta, empezó cuando Ángel, un estudiante de medicina realmente motivado, me salió con el chistecito de regresarme a la vida.

He de confesar que no todo fue culpa de Ángel, también culpable fue a la aseguradora que me vendió un seguro de gastos médicos mayores tan espectacular que cubría la posibilidad de mantenerte congelado por cien años en el caso de que en ese lapso alguien descubriera como volverte a la vida. Fascinante mi afición a apostarle a aquello que tuviera probabilidades remotas a nulas, y sin embargo, heme aquí de regreso.

En esto andaban mis pensamientos cuando fijé mi atención en un cuadernillo que en su portada leía “Manual para el Reingreso a la Vida”.

- Carajo, ¿una zombi?, suspiré.

Según mi cuadernillo tenía que llenar varios formularios y presentarme a la Oficina para el Registro de los Muertos Vivientes. Mientras llenaba los formularios me di cuenta que me sentía sorprendentemente despierta y llena de energía y me preguntaba cuánto tiempo había pasado desde mi muerte hasta hoy.

Encontré una pequeña maleta con ropa y me vestí, formularios llenos y firmados en mano. Caminé por un pasillo donde letreros indicaban hacia donde debía de dirigirme. La oficina de registro estaba llena de personas, todas con cara de resignación. Tomé un turno, el 139 y vi que estaban atendiendo en la ventanilla al número 42. Maravilloso, descubrí en un segundo que ni de viva ni de muerta soporto las filas, pero no había más que hacer.

Me senté junto a un zombi como de mi ¿edad?, bueno, uno que se veía amable y un poco menos perplejo que los demás.

- ¿Qué tal te la pasaste de muerto?, pregunté.
- Mucho mejor que de vivo en la primera vuelta. Sonrió.

En ese momento hice mi primer amigo de la segunda vuelta.

-Así que esto es Cuévano –dice Franz en voz alta para sí mismo.

Mirando desde lo alto ve una “ciudad” –original manera de llamar al pueblo usaban los locales- que imagina puedo haber sido bastante pintoresca en sus tiempos de esplendor, ahora yace abandonada.

Visualiza la calle principal, está empedrada. Sólo dos segundos después se encuentra caminando sobre ella, aminorando el paso se retira la termopiel del rostro, quiere percibir el aroma a adobe y anciano que inunda los pueblos, en su lugar se encuentra con un repugnante olor a putrefacción que lo obliga a colocarse de nuevo la capucha, ésta no sólo aísla la peste sino también el agobiante calor.

Malditos cuevanenses, su narcisismo fue su perdición, tal era su hambre de gloria eterna que acabaron por arruinarse, bendita ironía, menudo poema –piensa mientras pasea frente a la Catedral y la observa con gran asombro.

Los cuevanenses eran en realidad buenos arquitectos, de hecho, aún perdura su fama de eruditos en todas las ramas de la ciencia… y de las artes. Pero sentir que su destino era permanecer en el mundo para siempre, avalar la experimentación sobre cadáveres ilustres, traerlos de vuelta a la vida. El pueblo entero quedó contaminado en dos días, muy pocos lograron huir.

Repentinamente aparece una figura al final de la calle, camina hacia Franz con la mirada perdida y paso veloz. Él se dispone a desenfundar su asesino sónico cuando se da cuenta que una sombra más asoma desde una distancia menor, ¡un ruido lo hace voltear! Casi embestido visualiza su laboratorio en el que aparece al siguiente instante, sólo.

Inventar un modo de teletransportarse y utilizar el primer viaje para ir a Cuévano, ¡sólo un –decir terco sería pleonasmo- descendiente de cuevanenses! –Piensa mientras tendido en el suelo respira agitado y sonríe.

 

-Mulder.

www.elmulder.blogspot.com

Anoche la recogí en el aeropuerto. Cinco minutos después ya la quería matar. ¿Estudiante de intercambio? ¡Mis ovarios! Todo el camino de regreso balbuceando estupideces para subnormales.

- ¿Verdad que canto como Mía, la de RBD?

- No sé quien chingados es esa pero definitivamente no estabas cantando ¿te hizo daño la comida del avión? -le dije francamente harta.

No volvió a abrir la bocota.

En la mañana, cuando sacó su huesudo trasero del dormitorio, no pude reprimir una carcajada:

- Güey, en esta universidad no necesitas uniforme. Te me regresas en chinga a cambiarte.

Puso su cara de perrito atropellado. Ternurita, pensé, le voy a bajar a mi mamonez, esta pendeja necesita que la oriente.

La boté para que arreglara su ingreso. Dije que le hablaba para dar el rol en la noche. A las nueve pasé por ella.

- Hay un super concierto, ¡vamos! - me dijo.

- Bueh… ¿dónde es?

- En el Auditorio Nacional.

Cerca del estacionamiento, vi la fauna reunida, tratando de mantener la calma pregunté:

- ¿Concierto de qué?

- De RBD, ¡qué emoción! ¿no?

Moví la cabeza. Me lo merezco por confiar en los subnormales.

- Güey, esa “música” no me late - dije. Aquí tienes para el taxi, le das esta dirección. Voy a estar en el Circo Volador, cualquier cosa, me llamas. Ora, bájate que ya me está dando urticaria.

Bajó. Emprendí la huída pero al oir el alboroto voltee: la señalaban, una horda de subnormales avanzaba torpemente hacia ella, estiraban los brazos, gimiendo, babeando. La asquerosa masa, la rodeaba. Ella, fascinada, reía estúpidamente, posaba. Empezaron a jalonearla, pude ver el gesto de terror en su cara de french puddle. Intentó correr pero los tacones se lo impidieron. Cayó de bruces. Cual zombis ávidos de cerebros se amontonaron sobre ella. Doble chasco se van a llevar.

¡Es Mía! ¡Es Mía! balbuceaban.

Por mí que se la queden.